Estos HOLOGRAMAS son un ensayo de PERIODISMO EXPANSIVO. Conocer lo que ocurre es fácil, comprenderlo es complejo. Cada lector debe poder elegir el nivel de comprensión en que quiere moverse. Propongo tres niveles: uno, reducido, en formato papel. Otro más amplio, en formato digital, que, a su vez, remite a una RED DE COMPRENSIÓN sistemática, necesaria por la inevitable conexión de los asuntos. Tal vez sea un proyecto megalómano, pero creo que vale la pena intentarlo. El artículo inicial de este holograma se publicó en EL MUNDO el día 5 de abril de 2020.


Bomba de neutrones. – ¿Qué es más importante, salvar unos miles de vidas o salvar el sistema económico? En los 70 se inventó la bomba de neutrones. Mataba pero no destruía. Obedecía a una lógica implacable: es mejor matar sin destruir que matar y además destruir. La idea nos escandaliza porque vivimos  una contradicción insoluble. Afirmamos que la vida humana tiene un valor absoluto, que es insustituible, y, sin embargo, tenemos que actuar como si eso no fuera verdad. La biografía es incompatible con la estadística. Sabemos el número de personas que mueren en carretera, pero no podemos prohibir el tráfico. Sabemos que mueren migrantes, pero no abrimos las fronteras. Para la vida económica las personas son sustituibles, se las puede reponer. Dicen que Napoleón al ver los cadáveres tras la batalla de Austerlitz, comentó: Esto lo compensa una noche de amor en París. Un remplazo sustituye a otro remplazo. ¿Hay solución? Por de pronto, no eludir sino profundizar en esa insoluble contradicción.


HOLOGRAMA 46


Lo que produce angustia en algunos problemas éticos es que no tienen solución radical, sino que solo pueden resolverse mediante la “ponderación”, el sopesamiento de las alternativas. Una y otra vez nos encontramos con derechos legítimos que colisionan. El derecho a la propiedad con el derecho a la vida. El derecho a la libertad con el derecho a la seguridad. El derecho de la madre y el derecho del feto. La evolución de la humanidad muestra el origen de esta dificultad. Los seres humanos, a lo largo de una larga y con frecuencia terrible historia, hemos imaginado un modo de vida que pueda apartarnos definitivamente de la dureza de la selva, y proteger nuestros proyectos personales de felicidad. Esa forma de vida se basa en una cualidad misteriosa llamada “dignidad”, una propiedad que nos hace a todos intrínsecamente valiosos por el simple hecho de ser humanos, y de la que se derivan unos derechos que la protegen. No queremos ser animales listos, sino personas dignas. Es una colosal ficción salvadora de la que podemos estar orgullosos. La dignidad no es, por supuesto, una noción científica. Para un neurólogo o un zoólogo no tiene sentido preguntarse si los sapiens tienen más dignidad que los chimpancés, o que el caballo. La dignidad no es una propiedad real, sino un proyecto de vida: sería bueno que todos nos comportáramos “como si” fuéramos intrínsecamente valioso. Es un proyecto que se mantiene mientras lo mantenemos, y que puede esfumarse si no lo hacemos. Siempre he mantenido que ésta ha sido la suprema creación de la inteligencia humana.

Pero este modo novedoso de vida  plantea problemas que con frecuencia se han considerado imposibles de resolver.  Uno de ellos fue reconocer la dignidad a los extranjeros, a las mujeres, a los niños, a los enfermos, a los dementes. Tras una pugna secular, se consiguió. Otro conflicto lo planteó la participación igualitaria en el poder político. Los argumentos para negar el voto a la mujer resultaron falsos e interesados. La predicción de que si los sindicatos entraban en el Parlamento acabarían con la propiedad privada no se cumplió. El temor de que la democracia llevaba a la anarquía, tampoco. Hayek pensó que el Estado del bienestar llevaría a la tiranía. No acertó. El progreso humano siempre se hizo transgrediendo supuestas imposibilidades. En el campo económico tenemos numerosas ejemplos. Pareció imposible que la economía pudiera funcionar sin esclavitud. No era verdad. Pareció que era imposible tener vacaciones pagadas. Ahora las tenemos todos. Pareció que era un atentado contra la libertad de contratación –gran progreso moral- el que los contratos de trabajo tuvieran una protección especial. Tampoco era cierto. Se pensó que la creación de dinero nuevo producía inevitablemente inflación, y la realidad mostró que era falso. Con estos ejemplos solo quiero llamar la atención sobre el peligro de sentenciar antes de tiempo la imposibilidad de un determinado proyecto, porque si nos damos por vencidos prematuramente no nos esforzaremos en buscar las soluciones.

Nuestra finitud nos condena a buscar el “bien realizable” que a veces no es más que el “mal menor”.

A eso me refería al decir que cuando una situación nos parece contradictoria, cuando derechos fundamentales entran en conflicto, lo peor que podemos hacer es dar el asunto por zanjado y  eliminar uno de los términos. Tenemos que mantener y profundizar la contradicción. Es imposible, por ejemplo, abrir las fronteras a todos los migrantes. Lo malo es que si con esa imposibilidad cerramos la cuestión, no vamos a sentir la urgencia de paliar el problema. Nos desenganchamos de él. Si negamos a los nacionalistas el derecho a defender sus ideas, ocultaremos un problema que retoñará una y otra vez. Pondré un ejemplo mas delicado. Reconocer el derecho de la madre a abortar –y la ayuda sanitaria adecuada- resuelve situaciones dramáticas, pero al mismo tiempo puede hacernos olvidar que deberíamos implementar ayudas para que la mujer que no quisiera abortar no se viera obligada a hacerlo por circunstancias económicas o sociales.

Es ante esos problemas que parecen insolubles cuando debe demostrarse el talento político. Reconozco que siento gran admiración por la figura del político y poco aprecio por la mayoría de los políticos porque no han comprendido la grandeza intelectual, práctica, creadora que tiene la función de gobierno. Por eso he vuelto una y otra vez a estudiar la inteligencia política. Una de sus cualidades es ser capaz de “descubrir posibilidades”  aunque parezca que estamos en un callejón sin salida. Aceptamos con demasiada frecuencia que las cosas son imposibles cuando los marcos de pensamiento en que nos movemos no proporcionan ninguna solución.

Les pondré un ejemplo. Intente unir todos los puntos del dibujo con cuatro rectas

sin levantar el lápiz del papel.

Si lo ha intentado el suficiente número de veces puede ver la solución al final*.  Probablemente no lo resolvió porque pensó que no se podía salir del cuadrado dibujado por los puntos. Pero eso no estaba en el enunciado del problema. En la actual situación el genio político debería saber saltar las líneas del cuadrado. No pensar cómo resolver un problema con los recursos que se tienen, sino cómo conseguir los recursos para resolver el problema. ¿Del todo? No. Nuestra finitud nos condena a buscar el “bien realizable” que a veces no es más que el “mal menor”.

Volvamos al problema del principio: ¿cómo coordinar el reconocimiento del valor absoluto de la vida con la imposibilidad de considerar cada vida como un valor absoluto? El primer paso es no cancelar la idea, sino mantenerla como horizonte utópico, como lo que Kant llamaba Idea Reguladora de la Razón. Así funcionan las grandes creaciones de la inteligencia humana: la idea de justicia, de igualdad, de fraternidad, de felicidad.  Me gustaría proponer una aplicación de ese concepto, a la que llamaré Idea Reguladora de la Justicia (IRJ). Es una idea práctica, es decir, una “idea fuerza” que no llama al conocimiento, sino a la acción. Un ejemplo son ciertos derechos recogidos en la constitución, como el derecho a la vivienda o el derecho al trabajo. No son derechos exigibles, sino principios reguladores de la acción política, es decir, Ideas Reguladores de la Justicia. Hay que atenderlas, mantenerlas como generadoras de tensión, como proyectos activos aún no concluidos. Intentar eliminar la pretensión de alcanzarlos por el hecho de que no podamos conseguirlos del todo, es una excusa de aprovechados. Los derechos que consideramos evidentes comenzaron siendo una mera “pretensión de reconocimiento”. Mi crítica al neoliberalismo es que cede enseguida ante la dificultad y confía únicamente en el mercado, olvidando que los mercados no son capaces de autorregularse. Por su parte,  los totalitarismos simplifican las soluciones porque anulan la importancia del individuo.  Las personas son un incordio. Las personas son molestas para todos los sistemas simplificadores. Se dice que en una ocasión se oyó gritar a Henry Ford: “Cuando yo necesito unos buenos brazos para apretar tuercas, ¡me mandan a una persona! ¿Qué hago yo con una persona?

Los regímenes autoritarios proporcionan un espejismo de eficiencia al liquidar el problema eliminando a las personas. Tanto Hitler como Stalin miraron con ojos codiciosos a Ucrania, porque su fertilidad podía resolver el problema alimentario de sus respectivas naciones. Pero había un obstáculo: los ucranianos también tenían que comer. Los dos dictadores vieron clara la solución: para que las mieses ucranianas pudieran alimentar a otros países, era necesario que los ucranianos no comieran. Había que eliminarlos. Hitler no tuvo tiempo de hacerlo, aunque los cálculos estaban hechos y Stalin lo hizo. Lo ha contado Anne Applebaum  en Hambruna roja.

Debemos aprender de los grandes innovadores políticos. De cómo Roosevelt se enfrentó a la Gran Depresión de 1929, del Plan Marshall, de Monet, Schuman, De Gasperi, y la futura Unión Europea, de la transición española. Acabo de leer Crisis, de Jared Diamond. Estudia la manera como han reaccionado los países en momentos difíciles. El caso de Finlandia es interesante, porque tomamos como ejemplo su sistema educativo. Pero conviene recordar su historia. Es un país pobre, con un clima durísimo, que sufrió la última hambruna que se padeció en Europa, y que padeció dos guerras contra la gigantesca Unión Soviética, en 1939 y 1941, con mas de 100.000 muertos. Tras las II Guerra Mundial, Finlandia siguió dependiente de la URSS, pero con la disolución de la URSS sufrió una profunda crisis económica en los 90. ¿Cómo ha llegado a ser una nación avanzada y próspera? Manuel Castells y Pekka Himmanen lo han estudiado. Desde los 80 Finlandia, consciente de que la globalización era inevitable, diseñó su propio camino a la globalización: una sociedad con una economía basada en alta tecnología y con altas prestaciones sociales. Todos los agentes sociales estuvieron de acuerdo en que debían trabajar para un modelo tecnológicamente competitivo, y con altas prestaciones. sociales. Un modelo considerado imposible para modelos ultraliberales. Pero ha funcionado. Una de las medidas necesarias fue el cambio en el sistema educativo y la inversión en investigación. Todos sabemos que lo consiguieron. En este momento, Finlandia tiene el mayor porcentaje mundial de ingenieros respecto a su población. Es líder mundial en tecnología, sus exportaciones suponen casi la mitad del PIB, y corresponden a alta tecnología, es decir, con alto valor añadido. España parte de un nivel mucho mejor que el que tenia Finlandia, de manera que debemos aparcar la declaración de imposibilidad.

Diamond señala que con frecuencia una gran crisis hace que un país reaccione, reconozca el problema y  decida enfrentarse con él. ¿No deberíamos aprovechar también nosotros las dramáticas circunstancias que estamos viviendo?

* La solución al problema es: 

6 Comments

  • Juan Carlos Palenciano Fernández dice:

    Siempre he tenido la sospecha que la dignidad del hombre , como ser vivo, es el motor que alimenta el progreso de la humanidad. El nivel individual de ser digno ante las circunstancias a las que nos enfrentamos, hace que la vida tanscurra y replantearnos constantemente nuestra propia evolución, es lo que nos hace conscientes de pertenencia y no diluirnos en la masa.

    Esto que he leído y explicado así, ha sido para mí esclarerezador de una intuición íntima y que ha hecho aflorar.

    Muchas gracias, y permítame que le envié un afectuoso saludo.

    • jose antonio marina dice:

      La idea de dignidad, que repetimos como un tópico domesticado, fue revolucionaria y costó milenios aceptarla y que se fuera consolidando. Lo que no debemos olvidar es que es una noción frágil, que desaparece en cuanto emergen emociones violentas. Gracias por el comentario

  • Jacobo González Rivera dice:

    Como siempre mis eternos respectos. Recuerdo vivamente dos apuntes en El Mundo, uno referido a Lula, donde se hablaba del problema ético del hambre y de la importancia de que Lula tuviera razón (al margen claro está del propio Lula) y otro a la crisis de 2008 con la advertencia de lo que podría pasar, “tendremos el síndrome de Estocolmo”. En todo caso, holográficamente, se que habrá solución y me permito apuntar una solución al conflicto con un ejemplo reciente y concreto, la crisis de los refugiados, y creo que puede servir para resolver lo podría no ser un problema ético sino una asunción de los planos del holograma que propone. Recuerdo bien cuando le preguntaban a un Guardia Civil del mar, a miembros de Cruz Roja, que trabajan exactamente en los barcos que recogen inmigrantes que cruzan el estrecho: su respuesta era fascinante y simple, nosotros nos limitamos a salvar esas vidas. Después, esas personas salvadas, pasan a una situación en al que otros adoptan decisiones respecto a “devolución en caliente”, asistencia, asilo, expulsión y tantas otras. Muchas personas trabajan con denodado interés global para legislar en esa materia, buscando compatibilizar ayudar, con la realidad de no poder hacerlo a todos y al mismo tiempo. Es muy doloroso y lo pienso cada día, no podría salvar a todos aunque quisiera. Sin embargo si se algo, puedo, podemos, ser mejores. Y ahora, cuando nos enfrentamos a algo que se mueve en dos plazos, el médico y asistencial y el económico, encontramos lo mismo. Quienes estarán en posición de salvar vidas, sencillamente, cada día, en cada instante, decidiendo a veces quien debe ser salvado antes que otro (siempre ha existido, desde la más antigua medicina en casos de guerra) y quienes deberán poner en marcha un plan de acción global que de manera coordinada, firme y decidida, ayude a la mayoría a recuperar la “normalidad”, salvando seguramente muchas vidas. Todos tendrán una responsabilidad ética. En una situación y en otra, tendremos que recordar que en este confinamiento, los más débiles (en mi ejemplo, los refugiados en un campo del ACNUR de Turquía) además de sus problemas, tendrán dos inmediatos, uno el coronavirus y otro que el mundo no podrá dedicar el mismo esfuerzo a corto plazo. Cuanto antes asumamos que no podemos hacerlo todo, asumamos además cuando actuamos con egoísmo, antes encontraremos soluciones mejores para TODOS. Una vez más gracias por sus reflexiones.

    • jose antonio marina dice:

      Gracias pos su comentario. Amartya Sen, premio Nobel de Economía, dedicó su primer libro al análisis económico de las hambrunas. Su conclusion era que no es “carencia de alimentos” sino una cosa mas simple: que los alimentos no llegan a quienes pasan hambre. Es, por lo tanto, un problema de distribución. Es decir, que la acción humana puede resolver. Lo que investigo para un libro que se titulará “Biografía de la inhumanidad” es cuales son los obstáculos para no hacerlo. Los humanos tenemos un ramalazo egoista, pero tambien un ramalazo altruista, y la evolución de las culturas nos presenta un incesante vaivén entre ambos impulsos. Lo estamos viendo en la pugna soberanista en España. Lo estamos viendo en las dificultades que tiene Europa para consumar su proyecto. Lo estamos viendo en la permanencia en la ONU de las naciones con veto, que son una reliquia de la II guerra mundial. La pandemia del coronavirus ha sido un “ensayo general con vestuario” (como se dice en el teatro) de otros problemas globales, como el cambio climático, la crisis del agua, o la migración. ¿Aprenderemos algo? Me temo que no, pero como decía el grafitti, “debemos dejar el pesimismo para tiempos mejores”.

  • Jesús Garde dice:

    Magnífico artículo lleno de un optimismo racional sobre el futuro en un momento en que se necesita de una manera muy especial.
    Me ha aportado, personalmente, una respuesta que yo no encontraba a la incompatibilidad de derechos y me ha ayudado a reafirmar mi fe en el humanismo… que declinaba.
    Gracias

    • jose antonio marina dice:

      Gracias por su comentario, que me proporciona una enorme alegría. Creo que debíamos defender el “optimismo como herramienta”, porque la historia nos dice que los pesimistas nunca han hecho nada, y que todos los avances que hemos conseguido han sido alcanzados gracias a optimistas metodológicos.

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