Estos HOLOGRAMAS son un ensayo de PERIODISMO EXPANSIVO. Conocer lo que ocurre es fácil, comprenderlo es complejo. Cada lector debe poder elegir el nivel de comprensión en que quiere moverse. Propongo tres niveles: uno, reducido, en formato papel. Otro más amplio, en formato digital, que, a su vez, remite a una RED DE COMPRENSIÓN sistemática, necesaria por la inevitable conexión de los asuntos. Tal vez sea un proyecto megalómano, pero creo que vale la pena intentarlo. El artículo inicial de este holograma se publicó en EL MUNDO el día 5 de julio de 2020.


¡El horror!¡El horror!.– Así termina ”El corazón de las tinieblas”, la novela de Josep Conrad sobre la explotación del Congo por Leopoldo II de Bélgica. El actual rey de los belgas se ha unido al movimiento revisionista mostrando su “ profundo arrepentimiento por las heridas del pasado”. Propone reflexionar sobre la época colonialista  para que “nuestra memoria pueda estar definitivamente en paz. Estas revisiones críticas resultan anacrónicas si  juzgan hechos pasados con mentalidad actual, pero conocer los horrores cometidos  puede enseñarnos mucho sobre el comportamiento humano. La historia es la experiencia de la humanidad. Sería ridículo desdeñarla. Debemos conocerla, comprenderla y aprender de ella. Cada nivel se apoya en el anterior. Conocerla implica tener la información más objetiva posible. Comprenderla es conocer las causas que produjeron los acontecimientos. Aprender significa sacar de esa comprensión enseñanzas aplicables a otros contextos. Todorov lo llama “historia ejemplar”.


HOLOGRAMA 60


¡El horror!¡El horror!.-Tenía razón Voltaire: “La Historia no se repite nunca; los seres humanos, siempre”. Eso explica la diferencia y la semejanza de los acontecimientos humanos. Después de haber estudiado la larga lucha por la dignidad, trabajo ahora sobre su envés: la historia de la insensibilidad humana, de la crueldad, de los colapsos éticos. Son tan frecuentes que ha aparecido una especialidad psico-histórica llamada “atrocitología”, que intenta explicar las atrocidades humanas.

La muerte de George Floyd ha despertado una vez más el revisionismo histórico. A lo largo de la historia se han dado comportamientos horribles. A veces, muchos años después, los descendientes de las víctimas han reclamado un reconocimiento, y los herederos de los perpetradores se han sentido obligados a pedir perdón. En 2015, durante un viaje a Bolivia, el Papa pidió perdón “no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”. En Francia, durante muchos años, la versión oficial contó la ocupación nazi como una valerosa historia de resistencia, ocultando el decidido colaboracionismo del Gobierno de Vichy y de miles de franceses. Esto provocó que, en 1995, el presidente Jacques Chirac pidiera perdón a los ciudadanos judíos por el atroz comportamiento del Gobierno francés durante aquellos años terribles. Distintos gobiernos alemanes han pedido perdón por las atrocidades del III Reich. La Universidad de Oxford ha aceptado retirar la estatua de Cecil Rhodes, el fundador de Rodesia y también de la compañía diamantera De Beers. Muchas personas piensan que una persona, un gobierno o una institución no debe pedir perdón por hechos de los que no son responsables. Y que retirar estatuas o muestras de homenaje supone una alteración de la historia. En España hay un caso paradigmático. ¿Debemos derribar el Valle de los Caídos? Creo que desde un punto de vista social sería más importante conocer los hechos, las injusticias, los desmanes, comprenderlos y sacar enseñanzas. Estoy de acuerdo con el rector de Oxford, Chris Patten, que tras admitir la retirada de la estatua de Rhodes, aseguró que, si no quería convertirse en un ejercicio de hipocresía, el revisionismo debería ir seguido de “una discusión sobre cuestiones más fundamentales que afectan al “Black Lives Matter”, como la educación y la salud. Cuando repasamos la historia de la colonización europea de África, no se trata tanto de compensar económicamente los expolios, porque resultarían difíciles de evaluar, sino de reconocer que las historias de nuestros continentes han estado unidas durante siglos, y que ahora deberíamos dar a África la ayuda para el desarrollo que en su momento las naciones colonizadoras no proporcionaron.

La Historia es la experiencia de la Humanidad y, como ocurre con la experiencia individual, no produce automáticamente ningún conocimiento aprovechable. Es necesario un gran esfuerzo para aprender de ella. Tzvetan Todorov señala que el conocimiento de la verdad histórica es el arma más eficaz para combatir a la filosofía totalitaria porque esta se construye siempre a partir de su voluntad de falsear los hechos. Llama “historia ejemplar” a la utilización del conocimiento histórico como “principio de acción” en el presente.

El caso de Leopoldo II proporciona un buen ejemplo. Consiguió mediante engaños, argucias diplomáticas, colaboraciones diversas, adueñarse del gigantesco territorio del Congo. Hasta 1908, no fue una colonia belga, sino una propiedad personal del rey. Su obsesión fue sacar el mayor beneficio posible. Se calcula que durante los años en que administró personalmente el Congo, murieron más de diez millones de personas. Las tres causas de muerte fueron: el asesinato directo, la muerte por malos tratos, y las enfermedades. Las mismas causas que actuaron en la colonización española de América, como ya advirtió el franciscano fray Toribio de Motolinía (1482-1569). Y también en el exterminio de los pueblos indios de Norteamérica. Las historias se repiten.

Parece comprobado que la gran motivación de Leopoldo II fue la codicia, disfrazada, como es una constante en todas las conductas imperialistas, de intenciones filantrópicas, civilizadoras, e incluso religiosas. Es evidente que la codicia endurece los corazones, pero hay en este caso elementos comunes a otros genocidios, masacres o asesinatos masivos. En primer lugar, la “deshumanización” de la víctima, a la que se priva de toda condición humana, equiparándola a las bestias. En segundo lugar, la habituación a la crueldad, el anonimato, la obediencia a la autoridad, la burocratización de la tarea, Como señaló Primo Levi, hablando de los campos nazis, un funcionario que cumple un reglamento no se siente afectado por las consecuencias de su acción. Su obligación es cumplir las órdenes eficazmente. Hay otras dos constantes estremecedoras que se dan en todas las masacres. Una de ellas, la “brutalización” de los participantes, y la insensibilización de las sociedades. “Brutalización” es un importante concepto historiográfico elaborado por el historiador americano-alemán George L. Mosse, en su obra De la Gran Guerra al totalitarismo: la brutalización de las sociedades europeas, publicado en 1990, para explicar la habituación a la agresividad y a la violencia.

Otro aspecto inquietante es lo que William James denominó “vacaciones morales”. Es un deseo de escaparse del rigor de la moral, de dar rienda suelta a un salvajismo reprimido. Un neurocientífico, Norman Doidge, resume la situación elocuentemente: “La civilización es un conjunto de técnicas mediante las cuales el cerebro del cazador-recolector aprende a reorganizarse a sí mismo. Y este frágil equilibrio entre funciones cerebrales “altas” y “bajas” se rompe cuando estallan guerras fratricidas en las que salen a la luz los instintos más brutales y primitivos, y el robo, la violencia y el asesinato se convierten en algo cotidiano. Puesto que el cerebro plástico siempre puede hacer que funciones que ha unido se vuelvan a separar, la regresión a la barbarie siempre es posible, y la civilización siempre será algo frágil y vulnerable que debe enseñarse con cada generación, como si de algo nuevo se tratara” (Doidge, N.: El cerebro se cambia a sí mismo, Aguilar, Madrid, 2008, p.295).

Estas “vacaciones morales” fueron una de los atractivos de los que iban a las colonias. Rudyard Kipling lo expresó en un poema:

Embarcadme y llevadme a algún lugar

donde da igual lo mejor y lo peor,

donde no existen los diez mandamientos

y un hombre puede despertar su sed.

Sin duda, Leopoldo II fue culpable de las matanzas perpetradas con su consentimiento, pero también hubo un colaboracionismo general. El colonialismo, con su desprecio a los derechos humanos, estaba plenamente aceptado. Basta pensar en la manera como en la Conferencia de Berlín, convocada en 1894 por Bismarck, las grandes potencias se repartieron África como si fuera “res nullius”, tierra de nadie. Lo mismo que sucedió en la conquista de América o en la colonización del oeste americano.

Del hecho de que una y otra vez se hayan visto como justas conductas abominables, podemos sacar una profunda enseñanza: Debemos someter a crítica rigurosa nuestras aparentes evidencias, para evitar caer en conductas terribles y en colapsos éticos. Creo que es un buen argumento para estudiar historia. Los movimientos revisionistas nos obligan a hacerlo, por eso, a pesar de los excesos, debemos darles la bienvenida.

3 Comments

  • Francis Ballesteros dice:

    Como siempre, un texto certero y nutritivo. Acaso comentar que no es lo mismo el horror inherente toda epopeya que “¡El horror! ¡El horror!” (absoluto) de Conrad y probablemente del Congo leopoldino.
    Gracias y un saludo.
    /F.

  • Francis Ballesteros dice:

    Como siempre, un texto certero y nutritivo. Acaso añadiría un matiz innecesario: no es exactamente lo mismo el horror inherente a toda epopeya que “¡El horror! ¡El horror!” (absoluto) de Conrad y probablemente del Congo leopoldino.
    Gracias y un saludo.
    /F.

    PD. Envié el anterior comentario sin revisarlo. Disculpas.

  • jose antonio marina dice:

    Tendria que precisar lo que entiende por “epopeya”. Es cierto que el horror puede ser directamente buscado, como sucede en los genocidios, o puede ser un efecto no buscado, pero esto es difícil de deslindar. El “horror” que se produjo en la conquista de America o en la colonizacion del Oeste americano no fueron directamente queridos, pero sucedieron. Lo que estoy estudiando ahora son los mecanismos psicológicos y sociales que producen la insensibilidad, la falta de compasión y, en ultimo término, el horror. ¿Como es posible que alemanes honrados acabaran aceptando un genocidio?

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