HOLOGRAMA 15.


La semana pasada, durante una entrevista en la SER con Javier del Pino, dije que las descalificaciones despectivas de Trump impedían darse cuenta de la importancia de lo que estaba haciendo. Afirmé que era muy listo y que llamarle estúpido o loco, impide el análisis y juega a favor suyo. Mis lectores saben que opongo “listo” a “inteligente”, porque así lo hace nuestra lengua. Podemos decir “no te pases de listo”, pero no podemos decir “no te pases de inteligente”. El listo es el que se aprovecha de su habilidad, el astuto, el timador, el seductor, el manipulador.  El inteligente es el que sabe que hay que intentar pasar de las “evidencias individuales” a las “evidencias compartidas”. En un momento de glorificación del “me gusta” como justificación última de adhesión, conviene recordar el verso de Machado:

                                     ¿Tu verdad?

                                    No. La Verdad.

                                    Y ven conmigo a buscarla.

                                    La tuya, guárdatela.

Estos días he releído una obra de un importante filosofo político y moral, Alasdair Macintyre, titulada “Justicia y racionalidad”. En cuestiones morales defiende una interesante postura. Cada uno de nosotros nace en una “tradición moral”, con sus propios valores, sistemas de justificación, y catálogo de virtudes, que nos parecen evidentes. No tenemos criterios de evaluación que funcionen fuera de una tradición, en un espacio neutral. Eso, y aquí está lo interesante de su postura, no nos condena al relativismo. Actuar racionalmente significa reflexionar sobre la propia tradición,  reconocer las inevitables limitaciones e incoherencias que acoge, intentar comprender las tradiciones ajenas, y considerar si ellas pueden completar, mejorar o solucionar las incoherencias de la propia. Todos tenemos sesgos cognitivos y emocionales que funcionan como las ilusiones perceptivas. En la ilustración, no pueden dejar de ver una mesa mas larga que la otra.

Pero sí pueden medirlas y comprobar que lo son, y actuar en consecuencia. Lo mismo ocurre con los sesgos impuestos por las tradiciones. Tal vez no puedo dejar de sentirlos, pero sí puedo reconocer que no son de fiar.

En tiempos de incertidumbre hay dos tipos de ciudadanos. Los que necesitan identificarse con una tradición (o una tribu, o una ideología, o una religión dogmática), y los que creen que esa no es la solución. Que lo verdaderamente importante es, en cada momento, tener la seguridad de que se está actuando de la manera más racional, es decir, mejor informada, menos fanática, más crítica y más autocrítica. Estos ciudadanos, que no quieren refugiarse en certeza emocionales, como quien toma un ansiolítico o un euforizante, pero que tampoco quieren perderse en un mundo sin referentes, creo que estarían dispuestos a votar a un partido que tuviera un proyecto reflexivo, no sectario, que fuera consciente de que ninguna de las tradiciones políticas tiene todas las soluciones. Que se diera cuenta de la importancia de formar al ciudadano. No hay democracia si no hay ciudadanos demócratas, que hayan desarrollado las virtudes democráticas. Esto es lo  que debería hacer un partido de centro,  que no fuera una simple moderación de los extremos. Como he explicado en esta misma sección, se basaría en una “idea del Estado promotor”, y en una consecuencia suya:la necesidad de aprender continuamente. Los “Grupos de investigación” de los actuales partidos –y en el mundo los hay muy potentes- no quieren aprender: quieren demostrar que tienen razón. El mundo va por otro lado, como ha expuesto Joseph Stiglitz en Creating a Learning Society. El crecimiento no se basa en el conocimiento, sino en la capacidad de aprender. Y esa capacidad, que debe permear todos los niveles –individuos, escuelas, municipios, empresas, administración, gobierno- debe estar promovida, estimulada y financiada por el Estado, y realizada por los talentos individuales. Un “partido de centro” debería por ello incorporar una “cultura del aprendizaje continuo”, humilde y poderosa.

La “centralidad” de la que hablaba Aznar es otra cosa: es la moderación de las posturas. Es un bipartidismo moderado, que es, sin duda, de agradecer pero que no es un partido de centro. Sería una visión aristotélica de la política. Para Aristóteles, la virtud estaba siempre en el término medio. En el centro geométrico. Otra posibilidad, es un partido de centro hegeliano, capaz de integrar las oposiciones dialécticas en una síntesis. Recuerden su sistema tripartito: tesis, antítesis, síntesis. Es la solución del partido comunista chino, que alardea de que no impide las posiciones encontradas, pero solo deja que se enfrenten dentro del marco de un partido único.

Un Partido de centro debería servir para mejorar la política de todos los partidos, aunque acaso no fuera él el encargado de ponerlas en práctica. El afán de Rivera por gobernar como único fin del político, acaba reduciéndose a conseguir el “poder posicional”. El viejo Jean Paul Sartre tenía una idea generosa y espléndida de la creatividad. Decía: “Crear es ser la condición de posibilidad de que algo bello exista”. No es necesario hacerlo personalmente, sino que exista.

Tal como lo pienso, un Partido de Centro aspiraría a ser la condición de posibilidad de que ocurriera algo bueno, verdadero, bello, justo, lo hiciera quien lo hiciera. Es, en cierto sentido, lo que el viejo “Podemos” pretendía, antes de que le entrara el “furor posicional”. Un partido que consiguiera desarrollar las virtudes cívicas, estaría triunfando, aunque no gobernara.

Un partido de centro debería servir para mejorar la política de todos los partidos,

aunque acaso no fuera él el encargado de ponerlas en práctica.

Esto, en parte, ha ocurrido a la “tradición liberal”. En este momento, prácticamente todas las democracias parlamentarias han adoptado el modelo liberal. Es, utilizando la terminología de Laclau y Mouffe, “hegemónica”. Lo comprobamos mejor ahora que empiezan a asomar la cabeza “democracias iliberales”. Pero cedidas al acervo común las características del modelo democrático liberal, un “partido liberal” que quiera gobernar tiene que añadir algo más, y una de las señas de identidad que elige es generalizar a toda la vida social el modelo del mercado. Crea entonces una tradición partidista más, que tiene que competir con el resto de las tradiciones. Por eso no puede ser un partido de centro.

Ojalá este artículo no tuviera que titularse “el sueño de una noche de verano”.

6 Comments

  • luis dice:

    un partido de centro, en un mundo plural, es una quimera teórica, que sólo lo aguanta el papel.
    Cuando un partido se autodefine de centro, a lo más que puede aspirar es a convertirse en un partido transversal, es decir, un partido que facilita la comunicación entre los distintos intereses de una sociedad.
    Ni Unidas Podemos, ni Vox, ni los independentistas catalanes, o vascos, son partidos de centro, pues son incapaces de facilitar el intercambio entre las distintas tendencias sociales existentes en la sociedad española.
    Rivera hace lo correpto, no puede dar un cheque en blanco al Psoe, partido que pacta con Podemos, e independentistas, para mantenerse en el poder.
    La transversalidad es lo que permite distinguir un partido de centro de uno que no lo es, y Cs, es un partido que ha conseguido aglutinar votantes moderados de derechas, como de izquierdas, por eso puede ser definido el partido que actualmente ocupa el centro del espectro político español. Otra cosa es que la sociedad española este interesada en un partido de centro, que permita ser la visagra entre PP y Psoe. Parece que los medios de comunicación venden más periódicos exacerbando las emociones maximalistas de los votantes.
    s2s

  • Sandra dice:

    Ciudadanos ha decepcionado a todos sus votantes, al menos a todos los que yo conozco (y a mí también). El terrible ansia de poder que guía a Albert Rivera le lleva a disputar unas primarias por la Derecha, para sustituir al PP en su espacio político aprovechándose de la corrupción que lastra a este partido. Para ello no le importa abocar a España a una etapa de crisis y recesión, donde presumiblemente nos conducirán las políticas retrógradas que pondrán en marcha la coalición PP/Podemos/independentistas. Se trata de que España se convierta en un infierno y entonces aparezca Albert Rivera como ángel salvador. Para satisfacer su afán de poder no le importa someter a España a una situación de postración y calvario.

    Ciudadanos debería haber planteado al PSOE unas condiciones mínimas, de carácter social, político y territorial (rechazo del pseudoderecho de autodeterminación) para apoyar la investidura (vía voto afirmativo o abstención). Y sólo en caso de que Sánchez no hubiera aceptado esas condiciones, entonces votar no.

    Pero al no haberlo hecho así, Ciudadanos ha perdido la coherencia y (me temo) también la dignidad.

    • luis dice:

      Cs es el único partido político que no tiene un apoyo explícito de ningún gran grupo de comunicación que son los que manejan las corrientes de opinión del país, y por consiguiente es al que todos dan palos torticeros, eso le pasa por no forma parte de ningún oligopólico periodístico de influencia.
      Desde que Pedro Sanchez dio el pistoletazo de salida con su discurso de despedida, en el que por cierto, hubo carcajadas generalizadas en el hemiciclo, estamos en precampaña electoral.
      s2s.

      P.d.- los oliguipolios periodísticos, suelen financiarse con dinero procedente de países extranjeros interesados en que determinados partidos políticos, sean de izquierda, o derecha, fracturen la Unidad de Europa. No sólo es EE.UU., quien hace geopolítica con la prensa. En general los criterios sobre la verdad, y mentira, están muy diluidos, porque no hay interés en descubrir el dinero que financia la mezcla de verdades y mentiras, con la que la prensa nos bombardea a diario.

    • luis dice:

      Sandra no afirmó que Cs sea santo de mi devoción, simplemente digo que es lo menos malo que actualmente tenemos en el panorama de intereses patrioteros políticos españoles.
      En política y en muchas cuestiones existencias, hay que elegir entre lo menos malo, y no dejarse embaucar por “insulas baratarias”, o por cantos de sirenas, que obedecen más a los intereses de potencias extranjeras, que a los intereses de los españoles.
      Pregúntate a qué intereses obedece la llamada izquierda española y de los independentismos.
      https://www.eldiario.es/cultura/historia/Fernando-VII-tirano-enganar-pueblo_0_738426912.html

      P:D.- barataria, viene del verbo baratar, que significa según la Rae: Dar o recibir algo por menos de su precio ordinario. Eso es lo que los sanchistas, de Sancho Panza, que no los de Pedro Sanchez (dios me libre de la maldad), pretenden.

    • luis dice:

      Sandra hay dos modelos de capitalismo, el americano, y el de Rusia y China. En el primero los ricos los decide el mercado (aunque exista manipulación), en los otros dos, los ricos los decide el Estado, y el Estado decide quien es rico bueno, o rico malo. En Rusia, para ser rico primero tienes que pasar por la KGB, en China por el ejército.
      En España, parece que el populismo progre de izquierdas, representado por Podemos, y parte del Psoe, han optado por un modelo de capitalismo de Estado, en el que desde el Estado, se decide quien es rico bueno, y rico malo.
      Si eres independentista ladrón, eres rico bueno, eso parece que determina la progresia izquierdista de este país, pero si eres rico nacionalista, eres malo y facha.
      El maniqueismo es algo innato a la psicología del poder, si estas conmigo, eres bueno, no importa lo que hagas, si no eres de los míos, estas contra mí, independientemente de lo que hagas (caso de los más de 300 millones donados por Amancio Ortega, y que Podemos consideraba un acto amoral, mientras que lo que pasa en Venezuela, le parece moral y justificable).
      s2s.

  • Jorge K dice:

    Acabo de ver un gran documental sobre la “postverdad” y las fake news.
    Está en Netflix con el nombre de “El gran hackeo” sobre el asunto de Cambridge Analitycs.

    Aquí habla sobre la manipulación, pero en mi opinión no es nada nuevo. Que ahora sea en internet y antes en los medios convencionales no es muy diferente.
    Otra lectura reciente, impresncindible: “El Director”, de David Jiménez. Un relato lúcido de cómo funciona este país. ¿Un partido de centro cambiaría las cosas? Creo que no, porque la lucha partidistas se basa en conseguir cuotas de poder dentro de la trama política-mediática-empresarial que domina el estado.

    Lo que habría que actuar es en dos vías: primera, EDUCAR a los ciudadanos para no dejarse manipular. Enseñarle las técnicas de la propaganda, sea la tradicional o la digital, para poder reconocerla y tomar sus propias decisiones. En resumen: elevar su espíritu crítico. La escuela actual no cumple esa función, todo lo contrario, por lo general adocena a las personas.
    Y no estoy de acuerdo con eso de que “hay dos tipos de ciudadanos”, los que se asociacian a algo identitario y los que no. Pienso que TODOS tenemos una identidad social, en mayor o menor medida, de manera inherente a nuestra condición humana. Lo que tenemos que hacer es también conocer las técnicas manipulativas, asociadas a la Moral, para intentar que actuemos como borregos por mera sumisión voluntaria al grupo. Es parte de esa educación que falta.

    La otra reforma que creo necesaria es estructural: las relaciones de poder en forma jerárquica y piramidal que favorecen el poder de unos pocos sobre el bien común. El partido que yo sueño no tendría estructura, ni líderes, ni jefes ni subjefes…, ni siquiera sería un partido. Pero sería muy efectivo para cambiar las cosas.

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