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Culturas de honor-vergüenza y culturas de culpa

By 10 diciembre, 2018 4 Comments

A partir de la distinción acuñada por la antropóloga norteamericana Ruth Benedict en su obra El crisantemo y la espada (1946), retomada por el filólogo clásico E. R. Dodds en Los griegos y lo irracional (1951), entre culturas de vergüenza y culturas de culpa, es posible establecer una clasificación flexible de algunas culturas históricas y presentes, y conjeturar ciertas relaciones y procesos.

En las culturas de vergüenza el método de control social predominante se basa en los principios de orgullo y honor (de ahí que también se conozcan como culturas de honor), pues para ejercer dicho control, se inculca la vergüenza y el temor a la exclusión social cuando se viola alguna norma.

En cambio en las culturas de culpa para ejercer el control social se inculcan sentimientos de culpa por comportamientos que el individuo termina asumiendo como indeseables. Por ello en estas culturas tiene mayor peso la conciencia individual que las apariencias.

En las culturas de honor o vergüenza resultan fundamentales las apariencias: por tanto, el respeto de las normas se produce por la presión de la opinión ajena, por el qué dirán. En palabras de Benedict, «las verdaderas culturas “de la vergüenza” se apoyan sobre sanciones externas para el buen comportamiento, no sobre una convicción interna de pecado […]. La vergüenza es una reacción ante las críticas de los demás [… y] requiere un público, o por lo menos un público imaginario. La culpabilidad, no… Toda persona ha de estar atenta al juicio de los demás sobre sus actos».

Entre las culturas de honor cabe destacar la cultura china tradicional, cuyos preceptos confucianos subrayan este principio de guiarse por la vergüenza en el comportamiento público, así como la cultura japonesa, para la que Benedict empleó por primera vez el concepto. Pero también resulta aplicable a las culturas de India, Oriente Medio y el Mediterráneo (algunos ejemplos extremos pueden encontrarse en ciertas culturas de honor mafiosas del sur de Italia), así como en los estados sureños de Estados Unidos y en muchas sociedades de América Latina, en términos muy generales. En el pasado, tanto la antigua Roma como las sociedades feudales europeas se ajustaban asimismo a este modelo.

Las culturas de culpa parecen circunscritas a los países de Europa occidental y al norte de Estados Unidos, aunque históricamente también se aprecia cierta proximidad a dichos mecanismos de culpa en la Grecia antigua. Dodds muestra cómo se fue haciendo más presente el sentimiento de culpa según se transitaba desde los tiempos homéricos hacia las épocas arcaica y clásica en Grecia; sobre todo cuando se debilitó el lazo familiar en beneficio de una creciente importancia del individualismo y de la responsabilidad personal.

Asimismo, el sentimiento de culpa parece tener una presencia destacada en la tradición judía desde donde se transmite a muchas confesiones cristianas. En realidad, en todos estos casos es difícil determinar de manera precisa y clara si una tradición particular debe adscribirse a una u otra modalidad, pues a menudo sucede que ciertos grupos sociales o algunos momentos de su historia evolucionan desde el predominio de los mecanismos del honor y la vergüenza hacia los de culpa, aunque nunca dejan de estar presentes los primeros cuando han aparecido los segundos.

En general en las culturas de honor la estructura social suele ser más jerárquica y cerrada: el individuo asume su papel en dicha estructura y respeta el estatus que le corresponde, tanto en el sistema social como en la familia. Como sucedía en el caso de la Grecia homérica, el ámbito familiar presenta un protagonismo sobresaliente, en el que destaca el paterfamilias, como su cabeza jerárquica. La defensa del honor de un individuo compete a toda la familia, pues se trata del honor del conjunto. Cada individuo no es del todo responsable de sus logros o errores, sino que en parte corresponden al grupo o familia. Las normas sociales exigen que el paterfamilias y sus allegados defiendan, si es necesario con violencia, sus derechos y propiedades. Este tipo de normas suelen tener sentido en un mundo carente de instituciones formales de orden público o con instituciones muy débiles.

Por otra parte, las culturas de culpa corresponden a sociedades más abiertas, en las que la responsabilidad personal y la autonomía del individuo son mayores que en las culturas de honor, de forma que éste es más responsable de sus logros y errores. Son sociedades con mayor movilidad social, en las que se atenúa el peso de la familia y del grupo.

En resumen, y con todas las salvedades indicadas, se puede concluir que se produce cierta evolución desde los sistemas de vergüenza y honor hacia sistemas de culpa. Y que dicho tránsito parece haberse producido de un modo más intenso en el mundo occidental, sobre todo a partir de la Reforma en primer lugar y más definitivamente desde la Ilustración.

 

4 Comments

  • Jorge dice:

    ¿Hay mucha diferencia entre honor y culpa? Igual sólo se trata de una cuestión de grado. El honor es algo muy grave que demanda graves penas. La culpa es algo leve con penas leves.
    Pongo un ejemplo. La infidelidad en el matrimonio. No hace tanto tiempo, que tu mujer te pusiera los cuernos (no al revés, obvio, pues era una sociedad patriarcal) era una afrenta a tu honor y se justifica socialmente incluso el asesinato. Uno podía ir a la cárcel, pero no perder su honor. Y hablo de una o dos generaciones, no del medievo.
    Hoy una infidelidad se toma mucho más relajadamente. Cosas de la vida. Se perdona, o se deshace la pareja pero se sigue siendo amigos.
    O las relaciones pre-matrimoniales y el tabú de la virginidad

    ¿Qué ha cambiado?

    Obviamente las circunstancias económicas de la sociedad y el avance científico.
    La virginidad fue tradicionalmente un tabú en nuestra sociedad (no en otras) porque era la única manera que un hombre podía asegurar que sus hijos (en especial el primogénito, el heredero principal) fuera suyo y no de cualquier cuco. Hoy, que la gente no se casa por interés sino por afinidad, es menos probable, pero además están las pruebas de paternidad.
    El tabú se reforzaba por motivos económicos. El matrimonia ha sido durante siglos la única manera que tenía una mujer de adquirir un determinado estatus social, pues se le prohibía el trabajo y valerse por sí misma. Dado que se exigía acceder virgen por lo anteriormente expuesto, un padre se sentía profundamente herido en su “honor” si su hija perdía el himen pues dejaba de ser un producto en el mercado del matrimonio…, y acabaría siendo una carga económica para él el resto de su vida. Todo eso reforzaba el “honor”.

    Hoy en día carece de sentido económico. La mujer no depende ni de su padre ni de su marido para su independencia económica, así que ha recuperado el control total de su sexualidad. Y el “honor” ha desaparecido como por arte de magia.

  • Javier Rambaud dice:

    Muchas gracias por su comentario.
    Estoy de acuerdo en que se trata de una cuestión de grado, pero esa diferencia marca una diferencia significativa: como dice Ruth Benedict: las culturas “de la vergüenza” se apoyan sobre sanciones externas; la vergüenza es una reacción ante las críticas de los demás y requiere un público; toda persona ha de estar atenta al juicio de los demás sobre sus actos. Las culturas de culpa en cambio se basan en sentimientos inculcados que el individuo termina asumiendo; en una convicción interna de pecado; en estas tiene mayor peso la conciencia individual que las apariencias.
    Como bien dice, hay una evolución desde las culturas de honor-vergüenza a las de culpa. Posiblemente tiene mucho que ver con el desarrollo de sociedades más amplias, más complejas, más ricas, más urbanas y más impersonales, que ya no pueden controlar a los individuos mediante el honor y adoptan formas más sutiles como la culpa. Como decía, no existen formas puras: honor y culpa se entremezclan en la realidad.
    Un saludo

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