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El cerebro colectivo

By 25 febrero, 2019 No Comments

La idea de un cerebro colectivo, de una inteligencia social compartida por la comunidad, que se transmite de generación en generación, ha sido utilizada a menudo, con diversas formulaciones, por la antropología. En este sentido, Joseph Henrich, catedrático de Biología evolutiva humana en la Universidad de Harvard, refiere en su libro The Secret of Our Success. How Culture Is Driving Human Evolution, Domesticating Our Species, and Making Us Smarter (Princeton, 2016) varios casos de evolución cultural diferenciada que sirven de ejemplo para este concepto. Aquí vamos a exponer brevemente los casos de Tasmania y de algunas islas de Oceanía.

Con la subida del nivel del mar que se produjo tras la última glaciación, hace unos 12.000 años, Tasmania dejó de estar conectada Australia y se convirtió en una isla. Hasta esa época, el registro arqueológico tasmano no se distingue, en cuanto a complejidad, del australiano. Pero tras su aislamiento, los tasmanos empezaron a perder algunos instrumentos más complejos: el número de herramientas de hueso comenzó a disminuir hasta que desapareció por completo hacia el 1500 a.C. Asimismo, hacia el 1800 a.C. habían dejado de consumir pescado, a pesar de la riqueza de recursos marinos en sus costas y de una importante tradición pesquera anterior. El conjunto de herramientas de que disponían los tasmanos en el momento del contacto con los europeos (siglo XVIII) era extremadamente simple incluso en comparación con el de muchas culturas paleolíticas. Mientras tanto, en la vecina Australia, los pueblos aborígenes siguieron desarrollando técnicas e instrumentos, así como instituciones y rituales comunitarios que integraron los grupos locales en una red más amplia, rica y compleja.

¿Por qué se produjo esa evolución cultural tan distinta? ¿Por qué los tasmanos perdieron numerosas tecnologías y procedimientos de obtención de alimentos? Según J. Henrich todo tiene que ver con la capacidad de transmitir con fidelidad los logros técnicos y las instituciones culturales de una generación a la siguiente. En toda transmisión cultural se producen inevitables pérdidas de información, pero las poblaciones de mayor tamaño pueden superarlas, ya que al haber más individuos que tratan de aprender algo, resulta más probable que alguno de estos consiga acceder a un conocimiento o una destreza al menos tan bueno (o incluso mejor) que el del modelo de partida.

En el caso de los tasmanos, al encontrarse aislados durante casi diez mil años, se perdió el contacto con los grupos sociales australianos y no se tuvo acceso a las innovaciones tecnológicas e institucionales desarrolladas en el continente. Además, al constituir un grupo poco numeroso en comparación con los australianos, con el paso de las generaciones se fueron perdiendo conocimientos, técnicas y habilidades por las deficiencias de los propios mecanismos de transmisión. Tuvo lugar así lo que se ha descrito como una pérdida de memoria cultural.

Para explicar todo el proceso, Henrich recurre al concepto de cerebro colectivo, es decir la inteligencia compartida por la comunidad sociocultural. Este cerebro colectivo surge de la síntesis de nuestra doble naturaleza, cultural y social: cultural en tanto que aprendemos de los demás, y social ya que vivimos en grupos amplios e interconectados gracias a nuestros sistemas de normas. De modo que, cuando los individuos logran aprender de otros con suficiente precisión, se desarrolla un cerebro colectivo en los grupos sociales, cuya potencia depende del tamaño del grupo y de su interconexión social.

Estos dos factores, tamaño del grupo y grado de interconexión, resultan fundamentales para comprender fenómenos similares. En un estudio (Kline y Boyd, 2010) realizado sobre cierto número de islas (o grupos de islas) de Oceanía y sus tipologías de herramientas de pesca, se observó que existía una evidente correlación entre el tamaño de la población de la isla (o grupo) y la variedad de sus utensilios antes del contacto con los europeos: desde un mínimo en Malakula (unos 1.100 habitantes con 13 diferentes herramientas) hasta un máximo en Hawái (unos 275.000 habitantes con 71 herramientas distintas).

Así, parece evidente que para el mantenimiento y desarrollo de los grupos sociales se precisa un tamaño mínimo que garantice la correcta transmisión cultural de las técnicas, instituciones y normas sociales. Cuando se desciende por debajo de cierto umbral, sin contacto con otros grupos humanos, el destino es la regresión cultural. Por el contrario, las sociedades más populosas, complejas y mixtas, o con contactos externos frecuentes, parecen capaces de mayores desarrollos culturales y de una evolución hacia sistemas más ricos y complejos.

 

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