HOLOGRAMA 11.


Vivimos en la “era de la red”. Joshua Cooper Ramo la ha denominado “la era del poder en red”. Adrienne Lafrane prefiere “la era del entramado”. Parg Khanna incluso propone una nueva disciplina, la “conectografía”, para cartografiar la Revolución Global de las redes”. Según Manuel Castells: “La sociedad red representa un cambio cualitativo en la experiencia humana”. Jared Cohen y Eric Schmidt, de Google, escriben: “Nunca antes había habido tantas personas conectadas a través de una red que responde de manera instantánea”, con consecuencias auténticamente innovadoras, es decir, imprevisibles, para la política en todas partes. Esta situación ha dado indudable protagonismo científico a la “teoría de redes” o “teoría de grafos”, una disciplina matemática que nos proporciona conceptos útiles para estudiar los individuos y los fenómenos sociales. El cerebro es una gigantesca red de redes neuronales. Como explicó el gran neurólogo Joaquín Fuster, en su libro Cerebro y libertad, (Ariel, 2016) el comportamiento humano depende de la competencia entre esas redes. También la sociedad es una red de redes y sólo se la puede conocer desde esa óptica. Lo mismo ocurre con la historia. Los McNeill titularon su estupenda historia mundial Las redes humanas. “Una red-dicen- es una serie de conexiones que ponen a unas personas en relación con otras. Esas conexiones pueden tener muchas formas: encuentros fortuitos, parentesco, amistad, religión común, rivalidad, enemistad, intercambio económico, intercambio ecológico, cooperación política e incluso competición militar. En todas esas relaciones, las personas comunican información y la utilizan para orientar su comportamiento futuro”. También comunican o traspasan tecnologías útiles, mercancías, enfermedades, ideas y muchas cosas más. Comunicación, cooperación y competencia fundan la historia. Niall Fergurson, en su obra sobre las redes, La plaza y la torre (Debate, 2018), critica a los historiadores porque no se les da demasiado bien reconstruir redes pretéritas y sin hacerlo no se puede comprender la historia. Estoy leyendo el libro de Angel Viñas ¿Quién quiso la guerra civil? (Crítica, 2019) sobre el inicio de la guerra civil española. Es un estudio sobre una red conspiradora.

Las redes sociales basadas en Internet añaden una característica nueva a las redes tradicionales. Son por de pronto redes que trasmiten información codificada, es decir, sin relación humana presencial. Es un sistema de mediación sofisticada. Para estudiarlas como fenómeno psicológico y social utilizaré el método que he empleado en otras ocasiones: descubrir el “sistema oculto” que está en el origen de su éxito y de sus problemas. Son sistemas que aceptamos sin conocerlos. Al aceptar uno de sus aspectos, los demás se cuelan de rondón. Por ejemplo, al admitir la publicidad, estamos admitiendo un sistema de producción de deseos, que tiene variadas consecuencias inesperadas, por ejemplo la aparición de personalidades dóciles y adictivas.

El sistema oculto de la sociedad en red incluye la satisfacción de muchas necesidades. Por eso ha tenido tal éxito. Una conexión rápida y barata permite una mayor comunicación a nivel personal o empresarial, agiliza las transacciones, difunde la información,  permite la cooperación  a escala mundial, disminuye los costes, mejora los servicios, abre el acceso a gigantescos bancos de información, nos permite una mayor comodidad y protege nuestra salud. El psiquiatra Jesús de la Gándara ha comprobado la utilidad de las TIC y las redes sociales para la rehabilitación de enfermos mentales graves (de la Gándara, J. y Fraga, J. TIC y redes sociales en la esquizofrenia, Proyecto Rethinking, Otsuka&Lundbeck, 2014). También nos permiten aprovechar “la sabiduría de las multitudes” (crowdwisdom), la “inteligencia distribuida”, la “sabiduría de los mercados”, la “evolución espontánea” (Hayek). Otro gran aliciente es que parece realizar una utopía democrática, donde  la posibilidad de exponer libremente nuestra opinión estaba asegurada. Todo esto explica el éxito de Internet, de las redes digitales y de las industrias que permiten disponer masivamente de estas tecnologías.

A la vista de estas ventajas y de este éxito resulta extraño comprobar las críticas que está recibiendo esta tecnología. Prescindiré de las que se refieren al mal uso de ella, por utilizarla para fines delictivos, o por las adicciones que produce, así como a las derivadas de la utilización de información privada. Me interesan más algunos efectos menos visibles y más potentes. Una red está compuesta de dos elementos: nodos y vínculos. Los nodos son los puntos donde se cruzan los vínculos, las relaciones, las aristas. Para la teoría de redes, lo importante son las relaciones y, en todo caso, lo que se transmite por ellas (por ejemplo, la electricidad en una red eléctrica). Los nodos son secundarios. Pero en las redes sociales esos nodos son las personas, y lo que comienza a preocupar seriamente es si el poder de las redes está devaluando el interés por los individuos que las usan. Creo que es así, que está apareciendo una “personalidad reticular”, un “yo reticular” en el que la autonomía personal queda devaluada. Esta tendencia actúa sobre una previa devaluación, que el pensamiento postmoderno denominó “yo saturado”. Una saturación de relaciones sociales, que difuminaba la identidad, dando lugar a “personalidades ameboides”, indefinidamente plásticas, capaces de sobrevivir en cualquier entorno porque carecen de estructuras rígidas interiores. Lo explicó estupendamente Kenneth Gergen en El yo saturado. La redes sociales digitales han dado un paso más, favoreciendo la aparición de un yo vaciado, desparramado, divertido. Me parece especialmente adecuada esta última palabra: “divertirse”. Significa pasarlo bien con una actividad que le hace a uno salir fuera de sí, estar distraído. Por eso está produciendo dificultades en el manejo de la atención. Las encuestas nos dicen que, reconociendo las múltiples utilidades de internet, el uso masivo es lúdico y conversacional. Pero es fácil poner ejemplos de su influencia en zonas más transcendentes de la vida social.

El aprecio de la  “sabiduría de las multitudes” se ha condensado en un dogma: “el conocimiento está en la red”. El individuo no tiene gran importancia. Kevin Kelly, editor de Wired, dice que ya no necesitamos a los autores, porque todo forma un solo libro global. Chris Anderson, también editor de Wired, dice que la ciencia debe  dejar de buscar teorías que los científicos puedan entender, pues en cualquier caso la nube digital las entenderá mejor.  Más aún, no necesitamos científicos, porque la ciencia queda anulada por la agregación de datos. Los big data, que solo pueden manejar los ordenadores, sustituirán a la ciencia (Anderson, C. “The end of theory: the data deluge makes the scientific method obsolete”). Esto significa que podemos aprovecharnos de una ciencia que nadie conoce. Posiblemente la medicina va ser dirigida por gigantescos bancos de datos que, a partir de los también gigantescos bancos de datos del paciente, recolectados desde su nacimiento, permitan unos diagnósticos y unos tratamientos que nadie sea capaz de comprender.

Las redes han venido para quedarse y lo que necesitamos es redefinir la individualidad.

Esto reduce la importancia de los individuos. Hace años que denuncié un caso parecido al comentar un libro de Bill Gates titulado Los negocios en la era digital.  Gates consideraba que el sistema informático es el “sistema nervioso” de una empresa y se preguntaba: ¿Dónde está la inteligencia de la empresa, en el sistema o en el empleado? Tenía que responder que en el sistema, con lo que el empleado se convertía en “irrelevante”. Esta es la palabra con la que el historiador Yuval Harari concluye su visión del futuro . La tecnología puede hacer  a la persona irrelevante. No hay que olvidar que cuando un sistema se eleva por encima de los individuos, se convierte en “totalitario”.  En la ideología fascista se decía: “El Estado lo es todo, el individuo nada”. Tal vez empezamos a pensar que la red es todo y su usuario nada. Es lo que piensa  Jaron Lanier, un gran técnico y también un gran crítico de las redes, que ha acuñado  la expresión “totalitarismo cibernético”.  Lo expone en Contra el rebaño digital (Debate) y en Diez razones para borrar tus redes de inmediato (Debate). En las redes sociales, escribe Villasante, “lo más importante son las relaciones, no los sujetos que soportan las relaciones, no el conjunto total de la comunidad o del campo considerado, sino cómo se mueven los vínculos, las confianzas entre unos y otros” (Villasante, T. (2010). Redes sociales para la investigación participativa. Sociedad Hoy (18), 109-129).

La magnífica oportunidad de poder exponer las opiniones en la red, también está siendo objeto de críticas. “Creía que en cuanto todos pudiesen hablar con libertad e intercambiar información e ideas, el mundo se convertiría automáticamente en un lugar mejor –decía Evan Williams, uno de los cofundadores de Twitter en mayo de 2017- Me equivocaba”. Las redes pueden favorecer la desigualdad. No todo el mundo puede ser “influencer”, porque para que existan hace falta que haya “influidos”. Hay una gigantesca brecha entre quienes se limitan  a usar las redes, y quienes son sus propietarios, las diseñan y venden la información que los usuarios han depositado en ellas. Por otra parte, uno de los rasgos de cualquier utopía democrática es ser transparente, y las redes son opacas. Además, si alguien quiere que su opinión no se pierda entre las opiniones de los dos mil millones de usuarios de una de las grandes redes, tendrá que  contratar a un gestor de redes, o a un experto en reputación digital, o a un “growth hacker” (marketing en red). Manuel Castells ha estudiado las relaciones entre la red y el poder, mostrando que bajo un aspecto igualitario las redes sociales ocultan poderosísimos mecanismos de poder y de manipulación en parte consentida (Comunicación y poder, Alianza).

Uno de los grandes atractivos de Internet –facilitar las cosas- se convierte también en un problema. Evgeny Morozov, en  La locura del solucionismo tecnológico, define esta actitud: “Si disponemos de suficientes aplicaciones, todas las fallas del sistema humano se vuelven superficiales”. En el campo de la educación se ha traducido  en una falaz afirmación: “Para qué lo voy a aprender, si lo puedo encontrar en la red”. En 2011, Betsy Sparrow y sus colegas publicaron un llamativo artículo en Science: “Google effects on memory: cognitive consequences of having information at our fingertips”.  El “efecto Google” es la tendencia a no guardar en la memoria información que podemos encontrar fácilmente en Internet. Los motores de búsqueda actuales son tan eficaces que se extiende la idea de que ya no hace falta recordar o aprender nada. Basta con saber dónde y cómo encontrar la información. Barr  y Pennycook (The brain in your pocket: Evidence that Smartphones are used to supplant thinking ) han mostrado que quienes usan más el móvil como ayuda para resolver problemas suelen ser los que tienen más dificultad o menos interés en el pensamiento analítico, que es costoso. Eso no es culpa del móvil, sino del usuario. Y, en efecto, es peligroso, porque desdeñar el pensamiento analítico, que es lento y largo, supone carecer de pensamiento crítico que es la única defensa que tenemos contra el adoctrinamiento, el fanatismo y la superchería. Es un elemento más que colabora al yo vaciado.

Aquí llegamos al centro del problema y al centro de la solución. En una potentísima y útil sociedad en red, debemos fomentar una “rebelión de los nodos”,  que debe concretarse en una nueva definición de la autonomía personal.

Hay que volver a fortalecer el yo. Lo explicaré brevemente. Al escribir Biografía de la humanidad, Javier Rambaud y yo comprobamos que una de las líneas maestras de la historia humana ha sido la lucha por la autonomía, por la independencia, por la libertad. En el principio estaba el grupo.  Como señaló Durkheim, uno de los padres de la sociología, “la vida colectiva no ha nacido de la vida individual, sino, por el contrario, la segunda ha nacido de la primera”. Ha habido una permanente “rebelión de los nodos”, con intermitencias. Fijémonos en el siglo XX. Los movimientos totalitarios –fascistas, nazis, comunistas- pretendían que el protagonismo de los individuos desapareciera, en favor de estructuras sociales. El Renacimiento y la Ilustración fueron en Occidente dos momentos cumbre de la defensa de la individualidad. Como comenté en el holograma anterior, el liberalismo era su plasmación política. El afán por la autonomía, por desgajarse de la sociedad, puede llevar a olvidar que la urdimbre social de nuestra personalidad permanece, que tenemos que contar con ella e intentar mejorarla.

La situación actual plantea la misma situación. Las redes han venido para quedarse y lo que necesitamos es redefinir la individualidad. La pregunta esencial es ¿cómo vivir en red sin diluirse en ellas? ¿Cómo deberíamos educar la personalidad para aprovechar las ventajas sin caer en los riesgos?

Todo pasa por el fortalecimiento de la inteligencia individual, de su memoria personal, de su capacidad crítica, del desarrollo de sus funciones ejecutivas, de su poder de tomar decisiones. En un numero de la revista Time, dedicado a estudiar los efectos sociales de las redes, Roger McNamee, uno de los inversores que ayudó a fundar Facebook, escribe un artículo titulado explosivamente “I helped créate this mess. Here’s how to fix it”. La mierda a que se refiere son las redes sociales. Piensa que se están equivocando, y que deberían elaborar un tecnología human-driven, de orientación humana, que “en vez de explotar sus debilidades, colabore al empoderamiento de individuo”.  Estamos en la misma onda.

Las redes nos animan a utilizar sin comprender, son tan atractivas porque amplían nuestros recursos reduciendo el esfuerzo, facilitando una especie de “hedonismo digitalizado” que resulta de hecho adictivo. Dan la impresión de fortalecer nuestro yo, al darnos visibilidad y canales de expresión, cuando en realidad halagan nuestro “yo social”, vaciando nuestro “yo íntimo” al desparramarlo en las redes. Por eso, frente a la cultura del uso, debemos defender la cultura de la comprensión. Frente al peligro de convertirnos en cíborgs debemos favorecer la emergencia de una “personalidad centauro”, capaz de integrar los avances tecnológicos, sin perder la capacidad individual de decisión. Este es el gran reto de la educación en este momento, y cuando hablo de educación no hablo de escuela, sino de la marcha de la evolución humana. Desde Sylicon Valley,  Vinod Khosla, cofundador de SunMycrosistems,  defiende que el estudio de las nuevas tecnologías es más importante que el de las humanidades. La razón que da parece contundente. “¿Debe un francés estudiar francés? Sí, porque vive en Francia. Pues si vivimos en un mundo computerizado, tendremos que estudiar computación”. (Khosla, V. “Is Majoring in Liberal Arts a Mistake for Students”.). Creo que se equivoca. Estoy seguro de que necesitamos fomentar las humanidades, pero de nuevo estilo,  que he denominado “Humanismo de tercera generación”, del que les volveré a hablar, y que tiene que integrar también la tecnología.

 

2 Comments

  • luis dice:

    hay una palabra que define el uso de internet: buscador. Cada individuo busca y encuentra en internet sus propias inclinaciones interiores. Hemos pasado de un mundo con fronteras y limites impuestos, a uno más amplio, en el que tiene que ser el individuo el ponga límites a sus inclinaciones.
    Internet sólo pone en evidencia la naturaleza humana, para bien, o para mal.
    P.D.- profesor ayer estuve viendo el coloquio en la 2, en el que participaba usted y Adela Cortina, en el cual se hablo mucho de la necesidad de una ética en la educación. Creo que lo más importante en la enseñanza no es la ética, sino la educación del pensamiento en general. Entiendo que la ética emana de forma espontánea dentro del individuo pensante. Pensar es el antídoto contra el mal uso moral del conocimiento.
    Un saludo.

    • luis dice:

      la ética, es un ideal, el problema es compaginar el ideal con el ego-ismo humano.
      La catedrática valenciana de ética ha acuñado una expresión que no es real a nivel psicológico, pues la compasión pasa porque la clase media pague la factura de la aporofobia.
      A mi personalmente mientras la factura de la compasión no la tenga que pagar yo, me dan lo mismo los inmigrantes.
      Que bonito es hablar de compasión, cuando se cobra un sueldo seguro del Estado, o cuando se vive de las subvenciones del Estado para hacer cine de buenos sentimientos.
      Hay que vivir en la realidad, y no en una nube para filosofar sobre la ética.
      s2s

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