HOLOGRAMA 10.


​Recientemente han aparecido numerosos libros dedicados a estudiar la ideología liberal. En este artículo reviso los siguientes: Juan Ramón Rallo Liberalismo. Los 10 principios básicos del orden político liberal,Deusto, 2019. Michael Freeden, Liberalismo.Una introducción, Página indómita, 2019, alain de Benoist, Contre le libéralisme, Éditions du Rocher, 2019; Patrick J.Deneen, ¿Por qué ha fracasado el liberalismo;Rialp, 2018; Henry A.Giraux, La guerra neoliberal contra la educación superior,Herder, 2019; Edmund Fawcett, Sueños y pesadillas liberales en el siglo XXI, Página Indomita, 2019; Dalmacio Negro, La tradición de la libertad, Unión Editorial, 2019.


​La palabra “liberal” se ha vuelto equívoca. Puede significar cosas muy diferentes. El amor por la libertad o la tiranía del mercado. La defensa contra el Estado o la apelación al Estado como único remedio para la soledad del individuo. La legitimación del egoísmo o la afirmación de los derechos universales. Intentar encuadrarla dentro del esquema “derechas-izquierdas” no es posible. Acabo de leer en “Actualidad Económica” que el programa económico de Vox es el más liberal de todos. En Estados Unidos, el termino “liberal” se aplica a los demócratas, a los que se llama también “leftists”, izquierdistas. En cambio, los liberales españoles se sienten más cercanos a los republicanos. Aclarar ese tema me parece importante porque creo que un “liberalismo social” o un “socialismo liberal” es el modelo más justo y eficiente del que disponemos. Pero antes de seguir, debemos preguntarnos: ¿es una opción viable? Muchos liberales, en especial los libertarios, contestarán: “Rotundamente, no”. O socialismo o libertad.
​Como todas las creaciones culturales, el liberalismo no tiene esencia, sino historia. Y sin conocerla no podemos saber si esa respuesta es acertada o no. El término “liberal” comenzó a utilizarse en sentido político en Cádiz alrededor de 1811. Antes, la palabra remitía a “liberalidad”, la virtud de la generosidad. El uso político tuvo éxito, tal vez por influjo del círculo de amistades de lord Holland, un fascinante personaje, amigo de Jovellanos y de los ilustrados españoles. Pronto se vio en el liberalismo la culminación de la historia europea. En 1821, Alberto Lista escribe: “EI liberalismo está ligado a la esencia de las sociedades europeas, tales como existen en la actualidad: es el resultado de toda la historia antigua y moderna”. Como escribía F. Watkins hacia 1948, y ha recordado Dalmacio Negro, el liberalismo “no es en realidad propiedad de un grupo social particular, ni se reducen sus adictos a determinado sistema económico. Es la encarnación moderna de todas las tradiciones características de la política de Occidente. Si desapareciera, desaparecería con él toda su tradición política”. En Biografía de la humanidad, he contado parte de esta historia.
Las corrientes políticas que desembocaron en el liberalismo moderno entendían que “los seres humanos eran individuos dotados de derechos, que podían elaborar y perseguir por sí mismos su propia versión de la vida buena. Las mejores oportunidades para la libertad las ofrecía un gobierno limitado y consagrado a asegurar los derechos, junto a un sistema económico de libre mercado que hacia sitio a la iniciativa y la ambición individuales” (Deneen, p. 17). El liberalismo aspira a proteger al individuo contra el poder, contra la intromisión del Estado, defiende la libertad individual y el derecho de todas las personas a buscar la felicidad a su manera. Cree en el progreso, en la igualdad de derechos, y en la democracia parlamentaria. La amplia aceptación de estos principios, y su triunfo tras el hundimiento del régimen soviético, fue considerado por Francis Fukuyama como el “fin de la historia”, es decir, la arribada a un modelo político ideal, hacia el que habían convergido todas las propuestas previas. El resto de la historia debía consistir en perfeccionar el sistema, no en intentar cambiarlo.
​ El liberalismo ha conseguido lo que siempre desearon los movimientos comunistas o populistas: la hegemonía. Según Antonio Gramsci, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, la hegemonía supone alcanzar el liderazgo moral, intelectual y político a través de la penetración social e institucional de un discurso capaz de articular aspectos muy diferentes de la vida , redescribiéndolos de manera persuasiva, dentro de un sistema práctico flexible. Es lo que pretendió, por ejemplo, Podemos. Ocurre cuando una cultura política permea una sociedad. Esto ha ocurrido con aspectos esenciales del liberalismo, como la democracia parlamentaria, el libre mercado o la defensa de los derechos humanos. Deneen señala que en muchos caos, el liberalismo “alcanzó sus fines redefiniendo términos compartidos y conceptos y , a través de esa redefinición, colonizando instituciones existentes que partían de supuestos antropológicos fundamentalmente distintos” (p. 42)
​Sin embargo, en los últimos años han aparecido críticas contra él liberalismo. Por ejemplo, la de Patrick Deneen, de Alain de Benoist o de Henry Giraux. Le acusan de haber convertido la sociedad entera en un mercado, de encerrarse en un individualismo falto de compasión, de considerar el derecho de propiedad como el fundamento de la libertad, de haber aniquilado las modos de convivencia naturales –la familia, o la nación- para dejar en el espacio político solamente al individuo y al Estado, al que necesita, al que teme y al que exige una neutralidad moral. Este es un efecto paradójico que ya señaló el genial Alex de Toqueville. Cuando el individuo orgulloso de su autonomía se siente vulnerable, escribió, solo puede volver los ojos a “esa enorme entidad del Estado tutelar, que es la única que se alza entre tanta degradación universal. Sus necesidades, y aun mas sus anhelos, le traen dicha institución a la mente una otra vez, hasta llegar a contemplarla como el único y necesario soporte de su debilidad individual”.

El liberalismo se ha convertido en la legitimación ideológica del capitalismo, y sufre las críticas que este recibe. Los ataques son apocalípticos. Precisamente el éxito del liberalismo ha provocado “una desigualdad titánica, promueve la uniformidad y la homogeneidad, impulsa la degradación material y espiritual, y socava la libertad. (Deenan, p. 20). El neoliberalismo, dicen, está pervirtiendo la educación, mercantilizándola, privatizándola y eliminando todo lo que puede fomentar el pensamiento crítico (Giroux)
¿Son justas esas críticas? Como punto de referencia para discutirlas voy a tomar el libro de Juan Ramón Rallo. Recomiendo su lectura por su claridad expositiva y su esfuerzo pedagógico, advirtiendo que lo hace desde la perspectiva del “liberalismo libertario” o del “anarcocapitalismo”, una postura que muestra de nuevo que el liberalismo no puede encuadrarse en el esquema “derechas/izquierdas”. Sostiene que los tres principios fundamentales del liberalismo son (1) Los individuos son sujetos de derechos. (2) Todos los individuos poseen los mismos derechos. (3) El principal derecho de todas las personas es la libertad. Nadie sensato puede negar estos principios. Todas las ideologías políticas, incluyendo el marxismo, han defendido la libertad. Las críticas al liberalismo surgen cuando esos principios básicos se desarrollan, cosa que Rallo hace en los siguientes siete principios. La defensa de la libertad incluye la propiedad individual como derecho absoluto, la idea del Estado como mero protector de los derechos individuales, una idea negativa de la libertad, y la exigencia de neutralidad valorativa del Estado. No hay ningún tipo de “vida buena” preferible a otra.
Esta postura ha llevado al liberalismo a oponerse frontalmente al socialismo, lo que fue la tarea principal de Friedrich Hayek. Su compleja obra es un ejemplo de la dificultad de etiquetar al liberalismo, porque puede considerarse como libertaria y conservadora, racional e irracional. Según él, el socialismo se equivocaba porque era estatista, desconfiaba del mercado, y acababa inevitablemente atentando contra la libertad individual. También tenía forzosamente que oponerse a todo comunitarismo, es decir, a aquellas ideologías que piensan que la cultura, la sociedad, la nación o el grupo están por encima del individuo. Tras esas ideas, el liberlismo ve siempre una amenaza de totalitarismo tal como lo enunció Mussolini: “El Estado es todo, el individuo es nada”. Así las cosas, parece que hablar de un “liberalismo social” o de un “socialismo liberal” es hablar de la cuadratura del círculo o de una madera de hierro. Eso se debe a que el liberalismo mantiene una idea equivocada de individuo, de libertad y de derecho. Los tres principios son encomiables, pero si se cambian los significados de esas palabras.
​ ¿Qué entiende el liberalismo por individuo? Un individuo independiente de la sociedad, que no la necesita. Como escribió Benjamin Constant. “Para ser felices, los hombres solo necesitan mantenerse en una independencia perfecta, sobre todo en lo que tiene relación con sus empresas, su esfera de actividad, sus fantasías”. El individuo es el origen de todo, el valor supremo. Recoge así una larga tradición europea que fue dando cada vez mayor valor al sujeto. Una línea que pasa por el descubrimiento de los derechos subjetivos, el libre examen, la responsabilidad personal ante Dios, la defensa del sujeto pensante en Descartes, la autonomía kantiana, la genealogía de la realidad a partir del sujeto en el idealismo o la fenomenología, el dulce comercio ilustrado, la creación de los derechos humanos, etc.. Pero desde un punto de vista antropológico, ese individuo es un ser abstracto, inexistente, una ficción. Este es el punto flaco del liberalismo libertario: olvida que está hablando de ficciones y las toma como realidades. En Tratado de filosofía zoom mostré que todo el orden político moderno está basado en ficciones. El individuo al que se refiere el liberalismo no es el individuo real, que se configura en una sociedad, sino el “ciudadano”, que es una creación social. Es falso que todos los seres humanos nazcan libres e iguales. Eso es una maravillosa ficción jurídica, pero una falsedad real. El contrato social es igualmente una ficción. Y lo son, y en eso está de acuerdo Rallo y el liberalismo, las nociones de Pueblo, Nación, Raza, etc.
​​El liberalismo se sube a un tren en marcha –la lucha por los derechos y la libertad- y piensa que eso era una realidad natural. Por eso, en su origen, tiene que admitir los “derechos innatos”. Sin embargo, los derechos son creaciones sociales, y solo un dogmatismo ingenuo puede considerarlos que por el hecho de existir el individuo aislado los tiene. A pesar de que Hayek fue un formidable estudioso de la evolución de las normas, el liberalismo ha olvidado su genealogía, aquejado de un adamismo romántico. Como dice Bertrand de Jouvenel, se trata de una filosofía concebida “por hombres infantiles que deben haber olvidado que ellos mismos tuvieron una infancia”. Olvidan, por ejemplo, que la libertad de mercado no fue una creación espontánea, sino consecuencia de una intensa tarea estatal (Polanyi).

​​Los mismo sucede con el concepto de “libertad”. Considera que la libertad consiste en no estar sometido a intromisiones ajenas. En este sentido, el modelo de libertad perfecta para el libertario es la de Robinson Crusoe. Thomas Jefferson en las notas que precedieron a su borrador de la Declaración de Independencia, afirmaba que el mas fundamental de los derechos que definen al liberal humano es el derecho a dejar el lugar en el que ha nacido” (Deenan, p. 105). Como decía Beaudelaire, el derecho fundamental es el “derecho de marcharse”, lo que justifica la postura del liberalismo libertario acerca de la posible secesión de Cataluña. El libertario no vota, porque la democracia liberal no acaba de satisfacerle. Libertarios como Brian Capal, Jeffrey Friedman y Damon Root creen que si la democracia amenaza los compromisos esenciales del liberalismo, lo que sucederá siempre porque los votantes no educados y desinformados son iliberales, lo mejor sería ver cómo nos podemos desembarazar de ella. Esa idea está en el fondo de las controvertidas declaraciones de Friedrich Hayek elogiando el régimen de Pinochet. “Personalmente –afirmó- prefiero un dictador liberal que un gobierno democrático falto de liberalismo”. Es la tesis también de Jason Brennan en Against Democracy. El liberalismo extremo aspira a una democracia sin “demos”. Como escribió Madison en un famoso pasaje de El federalista: “los representantes no debían estar excesivamente guiados por la voluntad de la gente: el efecto deseado de la representación, aducía, es “refinar y ampliar los puntos de vista de la opinión pública haciéndola pasar por el tamiz de un cuerpo elegido de ciudadanos, cuya sabiduría este mejor dispuesta para discernir el verdadero interés de la nación”.
Los libertarios caen en el error de considerar que lo que encuentran –los derechos, las libertades, su yo- estaba ahí desde siempre, como una realidad natural, en vez de reconocer que todas ellas –incluido el yo- son realidades históricas, culturales, es decir, sociales. Como dice de Benoist, olvidan el déja lá, lo que ya estaba. El liberalismo es una teoría de la decisión, que entroniza la voluntad como fuerza originaria. De nuevo, una postura dogmática e ingenua. La voluntad innata como facultad libre es una ficción. El pensador que más radicalmente defendió la libertad absoluta fue Jean Paul Sartre, que pensaba, como los libertarios, que no podía estar ligado a nada, ni al pasado, ni a la tradición, ni a la nación, ni al carácter. Solo a sí mismo. Por cierto, Sartre concilió ese cántico a la libertad absoluta con ser un estalinista. Desde el punto de vista psicológico, la libertad es el fruto de un lento aprendizaje, y una de las funciones básicas de la educación es ayudar a los alumnos a adquirirla.
​​Este liberalismo alucinado, porque toma las ficciones como realidad, no es el único liberalismo, sino un paradójico empequeñecimiento por exageración. Por eso, quiero recuperar su historia. Michel Freeden señala que el liberalismo no ha evolucionado linealmente, sino con ajustes y cambios explosivos, a veces convergentes y a veces divergentes. Señala cinco capas que no forman un todo unificado, sino que a menudo se mueven en direcciones irreconciliables. La primera supuso un movimiento contra la tiranía, un afán de “no estar sometido a la Voluntad arbitraria de otro, sino a la propia voluntad” (Locke). Los derechos naturales –que procedían de una secularización de la ley eterna de origen religioso- sirvieron de apoyo a esta libertad individual. En la siguiente capa intentó establecer los vínculos entre persona, propiedad y riqueza, fundándolos en el contrato y el libre comercio. El Estado era quien debía garantizar los derechos y los contratos. La tercera etapa se interesó, más que por el lucro, por el libre desarrollo de la individualidad (Mill). La primera etapa se resume en “Dejame en paz”. La segunda en “Déjame comerciar”. La tercera en “Déjame crecer”. La principal característica de la cuarta siguió esta línea más humanista, dándola el sesgo social que me interesa. El “nuevo liberalismo” subrayó la necesidad de interdependencia de los miembros de una sociedad. Para el desarrollo individual ya no bastaba evitar una intervención física o legal inapropiada, sino que había que eliminar los cinco obstáculos de “la necesidad, la enfermedad, la ignorancia, la miseria y el desempleo”, en palabras del reformador liberal británico William Beveridge (¡879-1963). Mediante una acción social positiva facilitó la libertad de perseguir el autodesarrollo, tal como era concebido en la tercera capa. Sostuvo las bases ideológicas del Estado del bienestar. Estos liberales de izquierda, desmontaron la referencia a los derechos naturales, considerándolos una creación de la sociedad, y limitaron la idea de libertad, porque tenía que compartirse con el bienestar y el crecimiento humanos.
La quinta capa retomó la afirmación de la libertad, pero incluyendo el interés por los grupos. Pasó a primer plano lo que se conoció como “política de la identidad”, que está basada en el reconocimiento. El liberalismo apoyó todas las reivindicación identitarias. De alguna manera a lo largo de su historia, el liberalismo ha ido integrando las tres fuerzas que según Hegel dirigían la historia: la razón, la búsqueda de mayor libertad, y la lucha por el reconocimiento. Pero este conglomerado de ideas resultaba a veces contradictorio y por eso una facción del liberalismo ha podido enfrentarse a otras. El liberalismo progresista estaba en el origen de la socialdemocracia. Uno de los grandes personajes de la tradición liberal, John Dewey, habló de “socialismo público”, pensando que solo si se superaba el liberalismo clásico podría alcanzarse el verdadero liberalismo.
​​Ese “liberalismo social” reconoce el origen social de los derechos humanos, y una idea de libertad como capacitación para actuar, en la línea de Amartya Sen, premio Nobel de Economía, que se encuadra también en la tradición liberal. Por último, este liberalismo mantiene el papel del Estado, pero no solo con una función protectora de los derechos, sino ampliadora de posibilidades de ejercerlos. Es lo que he llamado el “estado promotor”, del que ya les he hablado en este blog.
​​Creo que es necesario que los partidos españoles que se denominan liberales aclaren a qué tipo de liberalismo se refieren. Y también que el partido socialista se defina con respecto al liberalismo.

 

9 Comments

  • Jorge dice:

    Muy oportuno el texto porque a estas alturas yo no sé qué quiere decir “liberalismo”.

    Marx decía que los liberales de su época eran sobretodo unos hipócritas, porque pedían democracia y libertades de puertas afuera de sus fábricas, pero nunca hacia dentro, donde gestionaban (y gestionan) de manera feudal.

    El neoliberalismo, que en mi opinión, poco tiene que ver con el liberalismo, propugna la dictadura económica bajo la capa de una democracia formal. Y así nos va.

    Y efectivamente, se puede ser liberal y socialdemócrata, como Keynes, que aspiraba fundamentalmente a lo contrario que Rallo y los neoliberales, como es la eutanasia de los rentistas.

    Un lío

  • Paloma835 dice:

    Libertad de pensamiento, expresión, asociación, prensa, igualdad ante la ley, derecho a la propiedad privada, limitación, control y contrapesos del Estado, división de poderes, derechos humanos, estado laico, pluralidad, democracia, meritocracia, igualdad de oportunidades. Si esto es liberalismo todos somos liberales.
    Estos elementos, hoy, son accesorios, intercambiables, prescindibles uno o casi todos y, en su lugar, las características comunes al liberalismo hoy (neoliberalismo) son: reducción de impuestos sobre rentas del capital, privatización de servicios públicos, desregulación de rentas del capital y desregulación laboral.
    El liberalismo se encuentra en una encrucijada ideológica. O se decanta hacia el progreso humano democrático, o se decanta hacia la regresión oligárquica de la dictadura liberal. No hay más que fijarse en Trump.
    El neoliberalismo reduce las democracias liberales a la mínima expresión del liberalismo económico en una suerte de darwinismo social a manos del homo economicus, especie mejor adaptada al capitalismo que por el bien productivo de la sociedad regenta el poder de multinacionales, oligopolios y élites financieras, donde los peor adaptados y más débiles, países y clases sociales, tienden a la extinción. Las democracias liberales, durante décadas, fueron fértilmente señaladas con vehemencia por el dedo acusador de la propaganda hegemónica neoliberal, como pesadas e ineficientes cargas que han de ser aligeradas sobre la base de minorar el Estado del Bienestar y empobrecer a las clases populares en el recurrente proceso de deslocalización de empresas, reducción y precarización de salarios, y aumento del desempleo. La deriva ultranacionalista encabezada por el admirador de Reagan, Trump, representa la reacción autoritaria del neoliberalismo ante el problema que el mismo neoliberalismo ha creado, el callejón que lleva a sus últimas consecuencias la “dictadura liberal”, enunciada por Hayek, buscando una salida a su propio fracaso, y que comienza por socavar las defensas de la democracia liberal apoyada en el populismo reaccionario del neoliberalismo. Todas las libertades quedan subordinadas a la “libertad económica”, y la igualdad que implica la democracia se presenta como una pesada e ineficiente carga, que ha de ser aligerada sobre la base de minorar el Estado del Bienestar y empobrecer a las clases populares de los países desarrollados, deslocalizando empresas, reduciendo y precarizando salarios y empleos. El Estado queda como subsidiario del supremo creador de riqueza, el capital, como instrumento mercantil a su servicio, lastrado como deudor y garante de la deuda soberana en los mercados financieros, soporte de prestaciones para la cohesión social y gendarme del orden. El rumbo neoliberal encomienda el desarrollo a “liberalizar” todos los ámbitos de la sociedad, para que la fuerza creadora de riqueza del homo economicus, que tiene su máxima expresión en multinacionales, oligopolios y financiarización, produzca con eficacia en beneficio del individuo y la sociedad.
    La política neoliberal que comenzó en la era Reagan prioriza los beneficios de las multinacionales y la especulación financiera. Una de sus consecuencias fue la deslocalización masiva de empresas con la consiguiente transferencia del empleo de los países desarrollados a los emergentes, para presionar a la baja las rentas del trabajo en constante precarización del empleo y reducción de salarios. Una segunda consecuencia, paralela, fue promover la concentración empresarial, que contribuye a la polarización de las rentas, desempleo y aumento del capital a costa del trabajo. Ambas políticas neoliberales con el objetivo prioritario de maximizar los crecientes beneficios del capital a costa del trabajo, propiciada desde las instituciones políticas nacionales e internacionales, pero ha tenido una tercera consecuencia inesperada para el propio capital, ha potenciado el desarrollo de la economía China hasta encontrarse en condiciones de disputar el liderazgo de la hegemonía tecnológica mundial. La empresa más concentrada del mundo, el estado chino, es una de las razones por las que a los “economistas” del establishment neoliberal no les terminan de cuadrar las cuentas. La NEP sui generis del capitalismo de estado chino, sobre la base de la lógica neoliberal, ha puesto encima de la mesa mundial, que si todo tiende a la concentración para maximizar los beneficios, quién mejor que el Estado para concentrar los beneficios.
    Ha quedado al trasluz la trágica falacia de los neoliberales, donde en nombre del libre comercio unas veces, o mediante los aranceles otras, lo que de verdad imponen a la ciudadanía es la hegemonía del capital a costa del trabajo, que a las puertas de la revolución digital, según los expertos, hoy pasa por la hegemonía tecnológica mundial. El alma mater del neoliberalismo, Hayek, ya demostró anticipadamente la esencia absoluta de su pensamiento, cuando no dudó en abrazar la opresión liberticida del criminal régimen de Pinochet.
    Liberalismo social es antítesis de neoliberalismo.

    • Jorge dice:

      Totalmente de acuerdo

    • jose antonio marina dice:

      En efecto, el liberalismo social es la antítesis del neoliberalismo. En mi artículo no he utilizado esa palabra, para no añadir confusión, porque uso ha cambiado desde que Rüstow la inventó en el “Coloquio Walter Lippman”, de 1938. En ese momento designaba una tercera vía entre el liberalismo clásico y el socialismo. Algo parecido al “liberalismo social”. Hasta tal punto que von Mises se levanto e increpó a todos diciendoles que eran unos “socialistas”. Después se ha utilizado como término peyorativo, por lo que los liberales lo detestan. Un ejemplo, Vargas Llosa, que escribe: COnozco a muchos liberales, y a muchos mas que no lo son. Pero nunca he conocido a un neoliberal”. A lo largo del tiempo ha ido evolucionando hacia el que usted describe, y que yo denomino “liberalismo libertario” porque este en cambio es aceptado por los ultraliberales.

  • Jorge dice:

    He empezado a leer su libro Tratado de Filosofía Zoom y me gusta mucho su insistencia en la capacidad fabuladora del ser humano.
    No sólo fabulamos, sino que nos CREEMOS lo que fabulamos sin posibilidad de distinguirlo de lo real.

    El Neoliberalismo es otro relato con sus creyentes. Como el señor Rallo, que cita usted. Su creencia se basa en las ideas de un profeta del siglo XVIII, el señor Adam Smith, que parece que trajo la luz a este mundo.

    El señor Rallo repetía hace poco en un artículo el mantra de Smith de que para que haya inversión debe haber primero ahorro…, de ahí la conveniencia de no gravar los beneficios empresariales para que aumente la inversión y, por ende, el empleo. También Rallo insiste en la desregularización de todo mercado para su mejor eficacia.

    Estas dos ideas son absurdas, pero el Homus Neoliberaliense las cree a pie juntillas porque son palabra de su profeta…

    Sucede que han pasado dos siglos y medio desde la obra de Smith y Ricardo. Nada tiene que ver la economía de su época con la nuestra. Smith era muy bien intencionado (Marx lo alaba en muchas ocasiones) pero todo lo guiaba a sus lecturas y observación, sin evidencia científica, sin una mera estadística. Efectivamente, en su tiempo, si querías abrir una fábrica de hilatura primero tenías que tener ahorros… Obvio. Hoy en día, ninguna empresa abre una nueva fábrica con su propio beneficio, sino que recurre al sector financiero: se endeuda, cosa que en tiempos de Smith no sólo era difícil, sino peligroso para la propia integridad física (a los deudores les llevaban a la cárcel o a las colonias, esclavizados con el resto de su familia).
    Y lo que es más obvio: nadie invierte un euro sino tiene unas mínimas expectativas de ganancia, es decir, si no detecta un aumento de la demanda. Si abres una óptica en un pueblo pequeño y te va bien, no se te ocurre abrir otra más en el mismo pueblo, porque no hay demanda para dos locales del mismo tipo.

    No obstante, el HN como Rallo insiste que Ahorro = Inversión.

    ¿Por qué, si es mentira?

    Su fe le lleva a los abusrdos más increíbles. En otro artículo reciente, proponía una solución ante la amenaza de que los robots eliminen el trabajo: no grabarlos con impuestos para pagar las pensiones, sino que los trabajadores inviertan en ellos sus ahorros, sean sus propietarios…
    La primera solución no le parecía correcta “económicamente” porque gravar un robot con un impuesto público perjudicaba su productividad… Lo que es cierto, claro. Pero lo que no advierte este creyente que es el mismo efecto que gravar el robot con un impuesto privado como es la renta de capital. Perjudica su productividad de la misma manera.
    Más aún: esto ya lo estudiaron los economistas del XIX con las máquinas de coser individuales. Muchas familias se endeudaron para comprar una ,lo que les daba ingresos extras. El problema es que se quedaban obsoletas con nuevos modelos antes de amortizar su coste, lo que las arruinaba. Es lo mismo que le pasará a aquel incauto que quiera invertir en tecnología de robots en nuestra época: en tres años o antes su modelo será obsoleto y no valdrá nada.

    En cuanto al “mercado sin regular” es un oximorón en toda regla: no puede haber mercado si no hay regulación. La primera y más evidente, la ausencia de violencia. Un mercado exige SIEMPRE un control, una manera de evitar el fraude y el robo y por un ende un sistema judicial y una policía…, cosas que cuestan dinero.
    Un mercado “sin regulación” como le gustaría al HN ya existe en nuestra sociedad. Se llama tráfico de drogas. Aquí la oferta y la demanda fluye sin ningún control. Lo que origina que los de la oferta anden siempre armados y disputando territorios con bandas rivales y los de la demanda, los consumidores, no saben ni lo que consumen y se jueguen la vida si quieren reclamar algo…

    En fin, podría seguir. Era sólo para señalar que toda al teoría Neoliberal es una falacia (Reagan, su Héroe por excelencia, multiplicó la deuda pública del estado a niveles nunca vistos, otro oximorón para el HN). Pero aún así la gente cree en esa fábula con la fe de un pastorcillo.

    Somos lo que somos…, primates de la sabana muy mal adaptados a las ciudades.

    Un saludo

    • jose antonio marina dice:

      ADam Smith fue sin duda un genio, que se hubiera sentido escandalizado por el uso que hacen de sus textos. Se movía dentro de un universo moral y religioso (no olvidemos que posiblemente para él su libro fundamental fue la Teoria de los sentimientos morales . La mano invisible es, en realidad, la Providencia. Hacen mal los liberales en tomarlo como patrón, porque no creyó que el hombre fuera un ser aislado, ni que el egoismo personal condujera a la justicia. En su análisis de la justicia y de las virtudes, Smith parte de la importancia de la sociedad para el desarrollo del individuo:”el ser humano, escribe,que solo puede subsistir en sociedad, fue preparado por la naturaleza para el contexto al que estaba destinado. todos los miembros de la sociedad humana necesitan de la asistencia de los demás y de igual forma se hallan expuestos a menoscabos recíprocos”.

      • Jorge dice:

        Adam Smith era un humanista y un pensador muy respetable…. Pero vivía en el siglo XVIII.
        Que un neoliberal tome su obra como base de su pensamiento económico es un absurdo. ¿Qué opinión tenía Smith del crédito, del apalancamiento o de vivir en un mundo, incomprensible para él, donde el oro ha dejado de ser dinero o o patrón del mismo? ¡¡¡Si ni siquiera había banca comercial al uso, ni bancos centrales, ni apalancamiento financiero… !!! Lo más que había eran los palos de conteo… De ahí su insistencia en el ahorro para la inversión…, porque en su época no había otra cosa.

        La próxima vez que charle con un liberal pídale la opinión de Smith sobre el PIB, el tipo de interés y su relación con la inversión, la burbuja financiera inmobiliaria, o el diferencial de deuda…

        Los neoliberales usan a Adam Smith y su prestigio para mentir sobre la realidad actual.

        PS: Por cierto, según David Graeber , en su monumental “En Deuda…”, Smith estuvo muy influenciada por economistas persas del medievo como Al Ghazali o Al Tusi…, casi rozando el plagio. Que eran aún más humanistas que el escocés:

        “pero cuando los hombres se ayudan unos a otros, cada uno de ellos realizando una tarea que juntas van más alla de la capacidad de uno, y siendo justos en las transacciones, siendo generosos al dar y recibir a cambio del trabajo de los demás, pueden conseguir su sustento y se asegura así la sucesión del individuo y la supervivencia de la especie”. /Al Tasi

  • […] igualmente poderosa, para evitar que el Estado se extralimite. Creo que este es el objetivo del “liberalismo social” que defiendo. No es un camino fácil, por eso, en vez de titular el libro “el pasillo estrecho” […]

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