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¿Progresamos o retrocedemos?

By 8 noviembre, 2018 No Comments

La idea de progreso en la historia suscita recelos ‒cuando no un rechazo total‒, en numerosos historiadores, filósofos o sociólogos, pues toda concepción de progreso suena a interpretación whig de la historia, a teleología histórica decimonónica.

Aunque el origen de esta idea puede rastrearse hasta la Antigüedad clásica, fue su versión ilustrada, hija de la Revolución científica, la que se impuso en el modo de entender la historia en el mundo occidental en el siglo XIX.

En dicho siglo se estableció un orden en la multiplicidad de culturas que las exploraciones europeas habían descubierto en todo el planeta: las distintas civilizaciones que convivían en cada época se clasificaron según cierta lógica secuencial de desarrollo histórico. Esta concepción del progreso se convirtió en el leitmotiv del nuevo mundo liberal-burgués positivista. Por otra parte, la misma idea se difundió también entre los críticos del sistema, que aspiraban a un progreso más allá de la realidad capitalista. Además, en la segunda mitad del siglo XIX, la fe en el progreso recibió un apoyo suplementario de la teoría darwinista de la evolución.

Sin embargo, muy pronto brotaron las críticas, tanto de aquellos que destacaron los aspectos menos optimistas del decurso histórico y buscaron las señales de la decadencia (desde Malthus a Spengler), como de quienes consideraron el progreso como un mito cultural. Entre otros, se puede citar la defensa de la diversidad cultural realizada por los románticos, la crítica de Nietzsche a la convicción ilustrada y positivista en el progreso, así como las posteriores elaboraciones del siglo XX (Heidegger, Escuela de Frankfurt), y el creciente relativismo cultural en antropología y sociología, que negaba la posibilidad de una concepción evolucionista de la historia y valoraba cada cultura en sí misma sin establecer una gradación o clasificación evolutiva.

En ocasiones se ha interpretado que esta fe en el progreso no es más que la secularización de las creencias escatológicas judeo-cristianas –la historia de la salvación–, la forma terrenal de la fe en el más allá (Karl Löwith). Aunque no han faltado autores (Hans Blumenberg) que rechazan esa posible continuidad histórica entre historia de la salvación y progreso, y consideran que tal argumento trata de deslegitimar de un modo interesado la cultura de la modernidad.

Sin embargo, el progreso sigue de algún modo presente en nuestro modo de entender el mundo y la historia. En palabras del historiador Wilfred McClay: “Nos resulta incómodo el concepto de progreso, pero no estamos dispuestos a prescindir del mismo por completo, algo que sería casi inconcebible. Si eliminamos la capa irónica de la pose posmoderna más escéptica, queda al descubierto una metanarrativa de progreso que sigue actuando calladamente, conformando nuestras preferencias de fines, medios y normas. Occidente sigue muy comprometido con la idea de acción intencional y refractario a los encantos del fatalismo, quizá porque el rechazo del poder inexorable de la necesidad constituye el núcleo más íntimo de la identidad occidental”.

En un artículo sobre el tema, el politólogo español Manuel Arias Maldonado se pregunta: “¿Podemos, pues, seguir creyendo en el progreso? La respuesta es que sí, a condición de que lo hagamos de otra manera… Urge desarrollar un entendimiento adulto del progreso que deje de contemplar éste como un concepto cuasirreligioso de virtudes totalizadoras… El ideal del progreso puede y debe problematizarse, revisarse, refinarse. De hecho, la crítica del progreso es parte del mismo sistema cultural que lo hace posible”.

Volveremos sobre el tema en otro post, pues es asunto con numerosas implicaciones.

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