HOLOGRAMA 6.


La historia de lo que ahora llamamos Europa es un mezcla de luces y sombras, de civilización y barbarie. Sus imperios, reinos, principados y, después, las naciones que les sucedieron, han estado en guerra permanente. Barbara Tuchman acertó al titular uno de sus libros La marcha de la locura”. Hay una patología histórica que debemos empeñarnos en comprender, lo que resulta difícil porque las naciones han intentado siempre disfrazar sucesos terribles con relatos de grandeza. Si nos fijamos solo en el siglo XX, es asombroso el poder destructivo y también la capacidad de recuperación de las naciones europeas. Llama también la atención la tenacidad con la que el mundo de la política se ha desentendido de la sociedad, introduciéndose en un juego de poder trágico e inútil, en que instituciones abstractas -el reino, la nación, el estado, la raza, la religión, la clase- anulan al ciudadano que acabará sufriendo las consecuencias. El estudio de cómo se tomaron las decisiones que desencadenaron las guerras hace desconfiar de la sensatez humana.

Con tales antecedentes, la creación de la Unión Europea parece una extraordinaria manifestación de inteligencia política, porque consigue lo que debería ser siempre su objetivo: alcanzar soluciones de suma positiva, win-win, en la que todos los participantes ganen algo. Por eso, resulta tan inquietante el desdén generalizado por Europa, esa situación de “Brexit soft”, de desinterés, que los europeos estamos mostrando y que, sin duda, es culpa también de la desidia de los políticos para elaborar una “pedagogía europea”. ¿Cuántos españoles sabrían precisar los beneficios que han recibido de la pertenencia a la UE? Jean Monnet ya vio el problema: “Europa no ha existido nunca; hace falta propiamente crear Europa. No estamos formado coaliciones de Estados, sino una unión entre pueblos”.

Ante esta situación de apatía, cuando existe el peligro de que los nacionalismos, por una parte, y los movimientos de extrema derecha por otra ganen las elecciones y puedan implosionar el proyecto europeo, he querido recordar la gigantesca proeza que supuso su construcción. Para ello he recuperado el libro que hace quince años publicó Jeremy Rifkin, porque creo que sitúa muy bien la cuestión. Convertido el sueño soviético en una pesadilla, Rifkin cree que en el momento en que escribió se enfrentaban dos sueños opuestos: el americano y el europeo, basados en ideas diferente acerca de la libertad y la seguridad. (Ahora habría que añadir otro tercer “sueño”, el chino, del que les hablaré otro día). Los estadounidenses, piensan que la libertad consiste en la autonomía, en no depender de nadie, en ser capaz de defenderse por sí mismos. Pone el énfasis en el crecimiento económico, en la independencia y en la riqueza personal. El mercado tiene recursos suficientes para resolver los problemas económicos, y las necesidades que no cubra las resolverá la filantropía individual, una virtud cívica más de fiar que el Estado protector. El proyecto europeo se basa en una idea de la libertad como cooperación e integración. El sueño americano, se centra más en el desarrollo sostenible, la calidad de vida y la interdependencia. Sabe que tiene que sobrevivir en un mercado competitivo, pero aspira a mantener el estado del bienestar. ”El sueño americano- escribe Rifkin- ha puesto desde el principio toda la carga de la responsabilidad sobre el individuo para que haga con su vida lo que pueda en el contexto del mercado, con escasos apoyos sociales más allá de la garantía de una educación pública gratuita. Los europeos en cambio creen que la sociedad tiene la responsabilidad de equilibrar el darwinismo a veces descarnado del mercado mediante el establecimiento de prestaciones sociales para los menos afortunados, para que nadie se quede atrás”. Rifkin es claramente partidario de este modelo, pero hace una advertencia que debemos escuchar: “Nada asegura que sea posible”.

Lo que a su juicio hace que el sueño europeo sea tan interesante y problemático es el hecho de que trata de acomodar tanto los derechos humanos universales como los derechos culturales, de carácter más regional, bajo un mismo techo político. El americano no quiere multiculturalismo, exige la asimilación de los inmigrantes a la identidad nacional americana. Por eso, Rifkin considera que el modelo europeo es más moderno y más adecuado a la globalización actual. Pero de nuevo desconoce si tendremos el talento suficiente para conseguirlo. “Lo que Europa tiene que averiguar es si la gente es o no es capaz de dilatar sus fidelidades y sus aspiraciones al pasar de la dimensión particular a la universalidad y de la local a la global. ¿Es posible coexistir e incluso florecer en un mundo de lealtades tan escindidas? ¿Puede uno ser catalán y al mismo tiempo español, europeo y ciudadano global? En la medida en que las culturas locales se sientan amenazadas por fuerzas nacionales, transnacionales y globales es probable que consideren que sus culturas son “posesiones que es preciso defender” y se hundan más aun en la vieja mentalidad de lo “mío” frente a lo “tuyo”.

“El mundo –continua Rifkin- observa este magnífico y novedoso experimento de la gobernanza transnacional con la esperanza de que pueda proporcionarnos parte de la muy necesaria orientación que se precisa para saber qué dirección debería tomar la humanidad. En un mundo globalizado, el sueño europeo, con su énfasis en la inclusión, la calidad de vida, el progreso sostenible, la solidaridad, los derechos humanos universales y los derechos de la naturaleza, además del objetivo de la paz, resulta cada vez más atractivo para una generación que siente simultáneamente el ansia de acceder a las comunicaciones globales y de conservar su inserción social”.

Hace quince años que se escribió este texto. Europa no ha tenido el talento suficiente para cumplir lo que el pensador estadounidense esperaba de ella. La crisis económica, nacida en parte del modelo americano, y la lejanía y opacidad burocrática de las instituciones europeas, han defraudado a los ciudadanos. En el segundo libro que he citado – Vidal, S.(ed.) Les nationalistes à l’assaut de l’Europe, Édition Demopolis, 2019- diversos autores estudian los movimientos antieuropeos en las naciones europeas. Adolecen, en frase de Bertrand Badie, de un “paleosoberanismo”, en el que la identidad es punto de partida, y no punto de llegada. En un mundo globalizado, la soberanía formal no asegura el ejercicio de una soberanía real. Por eso, lo que algunos consideran insoportables cesiones de la soberanía nacional, puede redundar en un mayor ejercicio de la propia autonomía. Sucede lo mismo que con las leyes. Unas leyes justas no limitan la libertad, sino que la protegen y fomentan.

Rifkin termina su argumento diciendo: “Para que el sueño europeo se convierta en el sueño del mundo tendrá que generar un relato nuevo de la empresa humana; una nueva metanarrativa capaz de unir a la raza humana en una andadura común y de permitir al mismo tiempo que cada persona o cada grupo pueda emprender su propio y particular camino”. Este texto me llena de satisfacción, porque es el camino que he intentado seguir en Biografía de la humanidad, y que me gustaría continuar en estos hologramas. Por mí, que no quede.

3 Comments

  • Jorge dice:

    Falta un relato, señor Marina. Europa puede llegar a ser un estado, pero será inestable mientras no sea una nación.
    Sobre este concepto viene al caso este artículo de hace años de Tomás Pérez Vejo:

    https://elpais.com/elpais/2014/09/24/opinion/1411584774_536315.html

    Todo sentimiento identitario (nacional, religioso, político) es la fe en un relato. Una fe que se construye, no que se hereda. “Las naciones no son realidades objetivas, sino mitos de pertenencia que se construyen y renuevan en el tiempo”, dice acertadamente TPV.
    Usted citó alguna vez a un político italiano del XIX (Manzoni?) que dijo aquello de “Ya tenemos Italia, ahora sólo faltan italianos”. Lo consiguieron a base de introducir ideología en la escuela pública y en toda la estructura del estado. Los italianos lograron sentirse italianos, los alemanes alemanes y los españoles españoles (esto se logró en el XIX, al menos). La ideología se llamaba “historia nacional” que es a la ciencia de la historia lo que el creacionismo a la biologia: una mentira, un ficción, pero que cumple su objetivo de crear un Yo Social con el que identificarse.
    También crea paranoias, que acabaron en terribles guerras, y sólo después de la penúltima de éstas, en 1945, algunos líderes europeos se dieron cuenta que había que crear un nuevo estado supranacional para evitar caer en el error. Pero se olvidaron crear una nación, no sólo un estado. Y yo no diría una nación, sino una patria común en sentido que le daba el padre Feijóo, es decir, el conjunto de aquellos que viven bajo la misma ley.

    Decía Feijoo: “Busco en los hombres aquel amor de la Patria que hallo tan celebrado en los libros: quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo algún afecto a la Patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional.”

    Los europeos necesitamos urgentemente una patria, pero esa la han de construir los intelectuales, las élites ilustradas, no puede provenir de la emoción popular. Pero todo esto no es posible porque a día de hoy casi nadie denuncia el nacionalismo como una ideología absurda, basada en hechos falsos, creada con mentiras y mixtificaciones y que no deja de ser una forma de racismo y xenofobia socialmente aceptada. ¡Yo defiendo com demócrata el derecho de cualquier catalán (o francés, o italiano, o almeriense) a sentirse lo que le apetezca, miembro de la comunidad imaginada que más le guste! Lo que no acepto como demócrata es que ese sentimiento genere ningún tipo de derecho ni que se imponga al resto de la población por una suerte de gimnasia moral y por el equívoco de base que confunde voluntad popular con soberanía nacional.

    El domingo votaremos al Parlamento Europeo y la mayoría de nosotros no sabremos por qué. Hemos cedido soberanía, cierto, pero la mayoría de las directivas europeas nos han beneficiado como españoles, pero no lo sentimos así. ¿Por qué? No hay ningún misterio: porque en las escuelas se sigue hablando de historias nacionales y en los telediarios de asuntos locales.

    Bon día, profesor.

  • Paloma835 dice:

    El proyecto de la UE me parece de particular interés en nuestra clave nacional, que es clave en la resolución de nuestro principal problema para el progreso de nuestro Estado, la cuestión nacional.
    La UE reúne las principales características de un imperio. No representa los intereses nacionales, sean estados-nación, naciones sin estado o regiones, sino los derechos y deberes de los ciudadanos europeos de identidades diversas que comparten el mismo espacio político, donde la supuesta identidad nacional queda restringida al ámbito local de lo privado. Un proyecto de civilización con el que curar nuestro mal del tribalismo que ya nos diagnosticara Estrabón. El imperio de la razón frente la enfermedad de la pasión.
    Tenemos la ventaja de que la realidad real está del lado de la razón del imperio, como bien analizaba Hobsbawm, “desde que el mundo es mundo, ningún territorio, cualquiera que sea su tamaño, ha sido habitado por una población homogénea, ya sea cultural, étnica, o de cualquier otro aspecto”. Basta comprobar la pluralidad de ideológica, cultura, lingüística e identitaria que reflejan las pasadas elecciones.
    Además, se da la paradoja de que la muy mayor parte de nacionalistas centrífugos y centrípetos de España son fieles del imperio de la UE. Win-win.
    PD.: Sr. Marina, ¿leyó mi comentario sobre San Isidoro y la rebelión de Hermenegildo, que realice en su artículo de la semana pasada?.

  • Pedro Molino dice:

    Gracias, José Antonio, por un artículo más de esta sección tan bien titulada, HOLOGRAMAS.

    Es un artículo tan oportuno y esencial en la descripción de los dos modelos que recoge Rifkin en su libro, como clarificador y didáctico. Me gustaría que se hiciesen “comentarios de texto” en los Institutos de Enseñanza Media sobre este tipo de artículos porque los jóvenes que han conocido los programas de Erasmus, como universitarios, han contribuido a “crear conciencia europea” más que otras iniciativas y ayudas comunitarias que parecen pasar desapercibidas.

    Un cordial y agradecido abrazo por todo lo que escribes.

    Pedro Molino

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