B.F.Skinner, el máximo representante del conductismo,  suele encabezar las listas de los psicólogos mas influyentes del siglo XX. Su tesis central es que el comportamiento humano está determinado por el sistema de refuerzos positivos o negativos que proporciona el entorno. Simplificando: por los premios y castigos. Pensaba que la aplicación masiva de las técnicas de modificación de conducta podría dar lugar a un mundo ideal, que describió en su novela Walden 2. En otro libro Mas allá de la libertad y de la dignidad, mantenía que la idea de un sujeto autónomo y libre eran precientíficas, y que venerarlas había impedido resolver los problemas sociales por medio de técnicas de ingeniería social. Si lo que queremos es una sociedad justa y feliz, concluía, debemos prescindir de la idea de libertad. La gente, decía, puede comportarse muy bien sin necesidad de hacerlo libremente. Basta premiar la bondad y castigar la perversidad. La libertad queda entonces reducida a su propiedad menos respetable: la capacidad de equivocarse. Es decir, una imperfección.

Las ideas de Skinner tuvieron una influencia hegemónica en las facultades de Psicología durante más de una década, y sólo la perdieron con el advenimiento de la psicología cognitiva. Sin embargo, importantes movimientos sociales y políticos están haciendo triunfar sus teorías. Igual que el Cid, Skinner está ganando batallas después de muerto. Empieza a cundir la idea de que la libertad no es tan importante, si se abdica de ella voluntariamente y los resultados de esa decisión son satisfactorios, eficientes y justos. Debemos saber qué responder a esa tesis. Si soy feliz ¿para qué quiero ser libre? Tres fenómenos  corroboran su triunfo: la Red como forma de vida, el auge de las democracias no liberales, la influencia ideológica de China. Los tres tienen en común la idea de que hay valores más importantes que la libertad: el bienestar, la comodidad, la eficiencia, incluso la justicia.

La Red supone el triunfo de Skinner. porque, como él quería, es un gigantesco modificador de conductas, gratamente aceptado. La tecnología nos proporciona grandes satisfacciones y comodidades. ¿Qué mas da que estemos enganchados a esos premios? En realidad, ¿por qué valoramos la libertad? Porque pensamos que nadie como nosotros mismos sabe lo que nos haría felices. Si creemos que otra instancia puede proporcionarnos la felicidad, la libertad resulta superflua. Así funcionaron las creencias cristianas en un Dios providente, que premia la obediencia. Lo mismo ocurre en la cultura japonesa. El sentimiento fundamental es amae, la cordial dependencia de un superior,  algo así como un paternalismo a todos los niveles. También sucedía en la dictadura soviética. Todavía en una reciente encuesta, un número importante de los ciudadanos de la Alemania Oriental añoran la dictadura que les aseguraba unos mínimos aunque limitando su libertad.

La Red aumenta nuestras posibilidades, es decir, nuestra libertad, pero al mismo tiempo genera mecanismos para limitarla. Lo acaba de contar Alessandro Barico en The Game. Necesitamos comprender este mecanismo paradójico para no ser tecnófobos ni tecnófilos ingenuos. El aumento de posibilidades de elección no aumenta la libertad si se da dentro de un marco cerrado. Que en un gigantesco supermercado se den miles de opciones satisfactorias puede hacer olvidar que uno está dentro de “un” supermercado. Volviendo a la tecnología, Tim Harris escribe: “Puedo ejercer control sobre mis dispositivos digitales, pero tengo que recordar que al otro lado de la pantalla hay un millar de personas cuyo trabajo es acabar con cualquier asomo de responsabilidad que me quede”. Su testimonio es relevante porque  formó parte como experto de ese millar de personas, mientras trabajaba en Apple, Wikia, Apture, y Google. En Anti-Social Media (Oxford University Press, 2018) Siva Vaidhyanathan escribe que Facebook nos engancha como una bolsa de patatas fritas: ”Ofrece placeres frecuentes y banales”. Harari en  21 Lecciones para el siglo XXI advierte: “Podrías ser perfectamente feliz cediendo toda la autoridad a los algoritmos y confiando en ellos para que decidan por ti y por el resto del mundo”. Con razón,  Evgeny Morozov, un experto en tecnologías digitales, afirma: “El verdadero santo patrón de “internet” es B.J.Skinner.

El segundo fenómeno social que muestra el desinterés por la libertad a favor de la eficiencia o la comodidad, es el auge de las democracias no liberales. En parte porque el liberalismo se ha hecho un lio con la libertad. El término ‘liberalismo’, que significaba “defensa de la libertad como valor supremo”, ha sido absorbido por el ‘liberalismo económico’, cuya esencia está en reclamar ‘libertad económica’, no libertad a secas. De hecho, algunos economistas liberales admiten la posibilidad de un liberalismo económico no democrático. En unas declaraciones a ‘El Mercurio (12-4-1981), el premio Nobel de Economía Hayek dijo: “Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”. La defensa del liberalismo entendido como régimen que privilegia las relaciones de mercado de forma absoluta no implica la defensa de la democracia. Hace ya 20 años, Xavier Sala i Martin, conocido economista liberal, al recibir el premio Juan Carlos I de Economía, afirmaba que “la falta de libertad política no es mala para el crecimiento económico… La democracia es un bien de lujo” (‘El País’, 19.1.98). El éxito económico de China, del que luego hablaré, lo confirma. La distinción entre sistemas democráticos y no democráticas se está difuminando. Ha aparecido la democracia no liberal, término acuñado por Orban en 2014. Su ejemplo está siendo imitado en otros países. Dentro de la Unión Europea, Polonia, Eslovaquia o Bulgaria. Fuera de la UE,  Rusia y Turquía. Especialmente interesante es el caso de Donald Trump. Nadie niega que EEUU sea una democracia, pero, como señalan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, las democracias autoritarias se caracterizan por no respetar las “leyes de contención” tradicionalmente aceptadas, que impiden a un presidente hacer todo lo que legalmente pueden hacer.

El tercer fenómeno que define nuestra situación, muy relacionado con los anteriores, es la propuesta ideológica china, que aúna la tecnología de la información con la crítica al liberalismo. El Partido Comunista Chino se ha alejado de Marx para acercarse a Confucio.  Afirma que su modelo de “democracia de partido único” es mejor que la democracia liberal. Opina, como Skinner, que la obsesión por la libertad ha sido una equivocación de la cultura occidental. China, en cambio, reivindica que el valor principal para una sociedad no es la libertad, sino la armonía y una “modesta prosperidad”. Es su oferta política al mundo. El presidente Xi Jinping, al inaugurar la reunión de la Organización de Cooperación de Shangai (10.6.2018) apeló a Confucio para transmitir su mensaje: “El confucianismo, que es una parte integral de la civilización china, piensa que ‘se debe buscar una causa justa por el bien común’, y promueve la armonía, la unidad y la comunidad compartida para todas las naciones”. Frente a la competitividad desalmada de la cultura occidental, defiende una cooperación socialista, basada en una “democracia del mérito”,  no en los partidos. Esta idea ya está calando en el mundo occidental.  Daniel A. Bell, autor de The China Model: Political Meritocracy and the Limits of Democracy, defiende esa “meritocracia democrática vertical” . “Los fundamentos del sistema chino son buenos,-escribe- así que, a nivel ideal, creo que deberían ser implementado en el resto del mundo”. Piensa que este sistema aún no encaja en los contextos occidentales, pero se pregunta si es mejor “dejar elegir a las personas” o confiar en las “ciencias sociales y las lecciones de la historia” para seleccionar a los líderes. Lee Kuan Yew,  “padre” de Singapur, una de las principales inspiraciones del modelo meritocrático de Bell, expresó el mismo dilema de manera más  arrogante: “¿Dicen que las personas pueden pensar por sí mismas? ¿De verdad creéis que […] saben las consecuencias de su elección cuando responden a una pregunta de manera visceral, pensando en su lenguaje, cultura y su religión? Nosotros sabemos las consecuencias: moriríamos de hambre, sufriríamos disturbios raciales. Nos desintegraríamos”. John Micklethwait, exdirector de The Economist,en The global race to reinvent the State  sostiene que  Occidente superó a China gracias a tres revoluciones: el Estado-nación, la revolución liberal y el Estado del bienestar. Se ha iniciado una cuarta revolución para diseñar la mejor forma de Estado y el mejor sistema de gobierno. No está claro si se inspirará más en la democracia liberal o en nuevas formas de poder autocrático. “China se halla en el centro del debate sobre el futuro de la gobernanza global”

Es cierto que China es una dictadura que no respeta los derechos humanos. Xiao Qiang (Universidad de California) denomina la gobernanza basada en datos de China como “un estado digital totalitario”. El gobierno almacena gigantescos archivos sobre la conducta de los ciudadanos -lo mismo que hace Facebook- para que un algoritmo decida si esa persona es un buen ciudadano o no. Está ensayando un procedimiento skinneriano para mejorar la convivencia. Consiste en implantar un sistema de “crédito social” para restaurar la moralidad. Quien tiene un crédito social alto tendrá acceso a muchas ventajas, es decir, reforzadores positivos, y quien tenga un crédito social bajo tendrá desventajas. Si premio la buena conducta y castigo las malas ¿estoy alterando la libertad de las personas?

Ante estos propuestas podemos entonar un canto lírico a la libertad, que no servirá para nada. El reto que plantean nos exige demostrar que somos capaces de utilizar la libertad como fuente de más libertad, de justicia, de prosperidad. Nuestro punto de resistencia va a ser la persona como baluarte crítico. En una sociedad que por varios caminos sugiere que el futuro del bienestar, la paz, y la justicia está en confiar en sistemas eficientes que tomen las decisiones por nosotros, debemos fortalecer la capacidad del ciudadano para no caer en la intoxicación de la comodidad. Pero, les aseguro, que es muy difícil rechazar esa tentación. Es muy difícil resistirse a ser esclavos felices. El pensamiento crítico es una tarea esforzada. La democracia, también.


Publicado en El Mundo el 22/11/2019

One Comment

  • MIKEL MADARIAGA dice:

    Sr. Marina,
    Excelente su artículo, mas creo que podría ser interesante añadir un tema que lo refuerce. ¿ Porqué se llega a esos extremos de “vivir a gusto” sin libertad?
    Para llegar a ese estadio, creo, se tienen que dar dos pasos anteriores:
    1. Las personas dejan de estar correctamente informadas y se acostumbran a formar una “opinión incuestionable ” de mensajes simples desde focos muy mediáticos.
    2. A esas mismas personas se les introduce en un “caos” que les supera, y que les genera una inseguridad importante.
    Con estos dos elementos se genera el caldo de cultivo para darles la luz que les guía y soluciona sus angustias.
    Perdón por el atrevimiento de hacer una aportación tan simple a un artículo muy profundo.
    Un abrazo

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