Estos HOLOGRAMAS son un ensayo de PERIODISMO EXPANSIVO. Conocer lo que ocurre es fácil, comprenderlo es complejo. Cada lector debe poder elegir el nivel de comprensión en que quiere moverse. Propongo tres niveles: uno, reducido, en formato papel. Otro más amplio, en formato digital, que, a su vez, remite a una RED DE COMPRENSIÓN sistemática, necesaria por la inevitable conexión de los asuntos. Tal vez sea un proyecto megalómano, pero creo que vale la pena intentarlo. El artículo inicial de este holograma se publicó en el suplemento Crónica de EL MUNDO el día 15 de diciembre de 2019:


Pregúntenle a Usbek. – Por primera vez, el informe PISA evaluó la “competencia global”, la capacidad de comprender otras culturas, valorar la diferencia, favorecer los intercambios, y evitar la discriminación y el etnocentrismo. Hay que conocer la complejidad del mundo para comprenderlo, y comprenderlo para tomar buenas decisiones. La competencia diseñada por la OCDE tiene un fallo. Admite implícitamente que valorar las culturas supone no juzgarlas.  Todas son igualmente valiosas. Dogmáticamente se afirma que la crítica a una cultura solo puede hacerse desde otra cultura, por lo que inevitablemente es parcial, etnocéntrica. Esto niega la posibilidad, que defiendo, de alcanzar la verdad objetiva, dejándonos en manos de timadores o de fanáticos. Si no podemos librarnos de la impronta cultural, tampoco podremos hacerlo de nuestras creencias. Por ejemplo, daremos por hecho que un nacionalista y un no nacionalista no pueden entenderse porque pertenecen a distintas culturas. Ambas válidas. Sin embargo, necesitamos una visión objetiva. Como recurso metodológico, en “Historia visual de la inteligencia”, he incluido un personaje, Usbek, un “extraterrestre” que ve la realidad humana objetivamente, desde la distancia. Muy “big data” y poco pasional. ¿Cómo vería este personaje el triple conflicto entre catalanes nacionalistas, catalanes no nacionalistas, y españoles no catalanes? Le preguntaré a Usbek en el blog.


HOLOGRAMA 30


 

                                               Tu verdad, no.

                                               La verdad.

                                               Y ven contigo a buscarla,

                                               La tuya, guárdatela.

Sólo a un poeta viejo y sentimental -Antonio Machado- se le podía ocurrir una cosa así. ¡Pero que atrevimiento, menospreciar las verdades privadas, las opiniones y creencias de los demás! ¿O tal vez tenía razón? Se repite continuamente que estamos presos en nuestra cultura, en nuestro lenguaje y en nuestra perspectiva personal. No hay Historia, solo relatos variados, lo que resulta más divertido. ¿No les parece que la verdad es un poco fascista, que nos lleva al pensamiento único, en el que cuatro más cuatro son aburridamente ocho? Lo malo es que, tras los juegos con la verdad, alguien acaba pagando los platos rotos. Por ejemplo, no se puede decir que todas las culturas son igualmente valiosas y a continuación proclamar la igualdad de la mujer, rechazar una práctica cultural como la ablación del clítoris, afirmar la universalidad de los derechos humanos o clamar contra la desigualdad. Si todas estas cosas son valiosas, las culturas que las defienden son de más calidad que las que no lo hace. No hay ningún “derecho a la diferencia” porque entonces protegería también el derecho de los machistas a ser machistas o el de los nazis a ser nazis. Lo que hay es el derecho universal a no ser discriminado injustamente, que es otra cosa.

Por otra parte, no es cierto que no podamos rebasar los límites de nuestra cultura o de nuestros prejuicios. La ciencia, a pesar de los intentos de algunos pensadores posmodernos para convertirla en una superstición más, tiene un estatuto de objetividad justificable. En varios libros he mantenido que también la ética puede alcanzar proposiciones universalmente justificadas, y que lo mismo sucede con la historia. A pesar de su extremada complejidad, podemos acercarnos al conocimiento de lo que sucedió. Esto exige una teoría humilde, poco religiosa, de la verdad. Consideramos verdadero lo que está suficientemente verificado, no ABSOLUTAMENTE verificado.

De fábrica venimos preparados para que nos interese solo aquello que satisface nuestras necesidades, lo que mueve nuestras emociones, lo que favorece a los próximos.

El asunto es que encontrar la verdad -igual que encontrar la justicia- exige un esfuerzo arduo, que parece exceder las capacidades humanas. En cierto sentido, es así. De fábrica venimos preparados para que nos interese solo aquello que satisface nuestras necesidades, lo que mueve nuestras emociones, lo que favorece a los próximos. El interés por el conocimiento objetivo o por la imparcialidad debió de ser una conquista relativamente tardía, fruto de una larga interacción social.

Para alcanzar la objetividad debemos “descentrarnos”. Al animal que caza no le interesa compadecer a su víctima. Los humanos intentamos comprender los puntos de vista diferentes a los nuestros, a sabiendas de que de la misma manera que estamos sometidos a ilusiones ópticas, estamos sometidos a sesgos personales, sociales y culturales. Los dos autores que influyeron más en mi formación juvenil fueron Edmund Husserl y Jean Piaget. Husserl era tan consciente de la dificultad de conocer la verdad que dedicó gran parte de su obra a explicar cómo podíamos librarnos de los prejuicios y ponernos en condiciones de ver lo real. Llamó a ese método “epojé”, puesta entre paréntesis de todas nuestras creencias y emociones. Retomaba la senda del joven Descartes, que decidió dudar de todo lo que había aprendido, para poder así construir una ciencia absolutamente cierta. Jean Piaget, que estudió cómo se iba construyendo la inteligencia del niño, también pensaba que para alcanzar el conocimiento había que inventar, por decirlo así, un “sujeto epistémico”, no real. Los individuos reales estamos, en efecto, movidos por creencias, emociones, manías, preferencias, cada una de las cuales se nos presenta como evidente. Ya se sabe que tener un prejuicio es estar absolutamente seguro de la verdad de algo que se desconoce. Al inventar a Usbek solo he dado nombre a ese personaje metodológicamente construido que es el conocedor de lo objetivo. El nombre lo tomé de las Cartas Persas, en las que Montesquieu, con un propósito parecido, hace que un persa visite Francia, para que descubriera aquellas cosas que la cercanía impedía ver a los franceses. Hay otros intentos de inventar ese personaje capaz de objetividad. Adam Smith, lo denominó “el observador imparcial”, y John Rawls, el sujeto que piensa protegido por “el velo de la ignorancia”, sin saber cuál es su situación real en la vida, adoptando, por tanto, una perspectiva no situada.

Para comprobar su fiabilidad, le he preguntado a Usbek por el largo conflicto nacionalista que ha enturbiado la política española durante siglos. No le causa sorpresa. De Voltaire, Usbek ha aprendido que la historia nunca se repite, pero que los seres humanos se repiten siempre. Su visión panóptica le permite saber que a lo largo de su evolución los humanos han necesitado identificarse con un grupo, lo que significa distinguir entre “nosotros” y “ellos”. Hacerlo fue, posiblemente, imprescindible para sobrevivir. La psicología evolucionista nos dice que parte de nuestras respuestas emocionales son muy antiguas, evolucionan con muchísima lentitud, y una de ellas es la que tiene que ver con la identidad, la pertenencia a un grupo, el enfrentamiento a otros, y con la probabilidad de que ese enfrentamiento puede hacerse violento. La cultura ha ido sometiendo a control esos poderosísimos impulsos ancestrales, pero cuando se dan determinadas circunstancias esos controles desaparecen, y emerge la antigua violencia. James Waller lo explica magníficamente en su libro Becoming Evil, que se subtitula “Como la gente común puede perpetrar genocidios y asesinatos en masa”. Usbek comprueba la insistencia con que se repite el mismo esquema: las ancestrales emociones identitarias buscan un enemigo, porque de esa manera se cohesiona la propia identidad. Una vez que ha aparecido, surgen lógicamente movimientos contra él. Hay una lenta escalada de hostilidad, que por un proceso de habituación acepta niveles cada vez más violentos. Se produce la insensibilidad hacia el otro, al que previamente se ha deshumanizado. Recuerdo que un miembro de ETA justificó un asesinato diciendo: “No he matado a una persona. He matado a un empresario”. La psicología evolucionista indica que si ese esquema no vuelve a controlarse acaba conduciendo a la violencia.  La buena gente puede convertirse en mala gente llena de buenas intenciones.

Usbek piensa que los sapiens son muy rápidos en aprender conocimientos, y muy lentos en comprender y cambiar sus emociones. Por eso tropiezan siete veces en la misma piedra. Nos aconseja prudencia y que imaginemos lo que podría suceder, lo que no es descartable, que apareciera un partido nacionalista español, movido por el mismo esquema identitario, por el mismo fervor patriótico, con los mismos mecanismos de autoafirmación, que, como hemos visto, exige buscar un enemigo, y poner en marcha la escalada de la hostilidad.

Usbek que es un extraterrestre puede observar con curiosidad cómo se desarrollan los acontecimientos, en los que no está implicado, pero los ciudadanos de a pie sí lo estamos, y nos convendría escuchar sus advertencias.

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