Estos HOLOGRAMAS son un ensayo de PERIODISMO EXPANSIVO. Conocer lo que ocurre es fácil, comprenderlo es complejo. Cada lector debe poder elegir el nivel de comprensión en que quiere moverse. Propongo tres niveles: uno, reducido, en formato papel. Otro más amplio, en formato digital, que, a su vez, remite a una RED DE COMPRENSIÓN sistemática, necesaria por la inevitable conexión de los asuntos. Tal vez sea un proyecto megalómano, pero creo que vale la pena intentarlo. El artículo inicial de este holograma se publicó en el suplemento Crónica de EL MUNDO el día 8 de diciembre de 2019:


Las sardinas y el síndrome de inmunodeficiencia social. He oído decir al líder del “movimiento de la sardina”, iniciado en Italia para contener a la ultraderecha, que es necesario crear anticuerpos en la sociedad. La afirmación me ha interesado porque desde hace años vengo hablando de una patología política que afecta a la sociedad española. Se trata del síndrome de inmunodeficiencia social. La inmunodeficiencia está bien estudiada en individuos: es la pérdida de la capacidad de defenderse contra un agente patógeno. Una sociedad puede también perder esa facultad y volverse incapaz de aislar, combatir, neutralizar o expulsar los elementos dañinos. Por eso no fuimos capaces de combatir la corrupción. Otra manifestación de esa enfermedad es la tolerancia a la falsedad y la mentira. La exaltación del relato en detrimento de la historia, la confianza en las redes sociales como fuente de información, la glorificación de las opiniones que invita a prescindir de los argumentos, forman parte del nuevo síntoma. Según el último PISA, el 90% de nuestros alumnos no saben distinguir entre un hecho y una opinión. Muchos medios de comunicación, tampoco. Otra manifestación: Dan Kahan, de Yale, ha estudiado el “falso razonamiento protector de la identidad” como epidemia política. Existen, por supuesto, terapias.


HOLOGRAMA 29


Dos son los síntomas del Síndrome de inmunodeficiencia social: (1) No reconocer los antígenos, es decir, los agentes patógenos. (2) Reconocerlos, pero ser incapaz de producir los anticuerpos para anularlos. Agentes patógenos son aquellos que alteran el buen funcionamiento del organismo, rompen su integridad y pueden acarrear la muerte. Por ejemplo, la ceguera para percibir los peligros. Lo mismo hacen los antígenos sociales. Jared Diamond, en su libro “Colapso”, se pregunta “¿Por qué las naciones toman decisiones catastróficas?”, y señala tres razones: (1) No ver venir el problema. 2) Ver venir el problema pero no poner soluciones. 3) Ver venir el problema pero fallar en las soluciones propuestas. En su recientemente publicada obra – “Crisis. Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos”– vuelve a repetir que la primera condición es “reconocer que se está en una situación de crisis”. Es lo que los neurólogos llaman “anosognosia”, una enfermedad que impide a un enfermo reconocer que lo está, aunque sea una enfermedad tan evidente como la ceguera.

Una ceguera análoga puede darse en las sociedades, por ejemplo respecto de ciertos valores morales, lo que lleva a aceptar la corrupción, la injusticia o la crueldad. La inteligencia humana está siempre amenazada por un colosal peligro: nos habituamos a todo. Como autodefensa, nos insensibilizamos con facilidad. Eso nos hace considerar normales cosas que posiblemente en otro momento nos podrán resultar espantosas. Hay muchas intoxicaciones que son mortales porque la víctima no las detecta. Pues lo mismo ocurre con muchas creencias, y conviene dar un toque de alarma general, porque todos somos vulnerables. Las sociedades pueden encanallarse —y hay ejemplos numerosos en la Historia— cuando aceptan como normal lo indecente. Si no estamos apercibidos, todos podemos ser colaboracionistas aun sin quererlo. Tal vez lo hayamos sido ya.

Numerosas investigaciones realizadas en los últimos veinte años sobre el “politically motivated reasoning”, muestran que las ideologías políticas utilizan el razonamiento para fundamentar sus posiciones, no para intentar alcanzar un conocimiento verdadero.

​​Hoy quiero centrarme en la importancia que tiene para la aparición del síndrome de inmunodeficiencia adquirida la relación que nuestra cultura tiene con la verdad. Se está dando mucha importancia al tema de las fakenews, pero bulos, falsedades, informaciones manipuladas, adoctrinamientos los ha habido siempre. Lo importante es la aparición de la posverdad, concepto donde convergen muchas líneas deconstructoras de la verdad: las escépticas, que piensan que no se puede conocer la verdad; las posmodernas, que advierten que la verdad es construida porque la realidad es construida también; los manipuladoras que defienden que no hay verdad histórica, sino solo relatos; las que utilizan como realidades lo que solo son entes de razón, como comenté la semana pasada. Estas posturas eliminan la posibilidad de un pensamiento crítico, que se basa en un concepto de verdad laborioso y humilde: la verificación. Verdad es aquella afirmación que está suficientemente verificada. ¡Pero esto es tan aburrido! Lo nuevo es que una falsedad continúa siendo aceptada a sabiendas de que es una falsedad, y se toman decisiones basándose en ella, porque no se considera importante que lo sea. Sucedió en el Brexit y sucedió con Trump. Según ‘PolitiFact’, alrededor del 70% de las afirmaciones sobre hechos de Donald Trump en campaña eran falsas. Da igual. Christopher Robichaud, de la Harvard Kennedy School, sostiene que es cierto que Trump miente, pero que en la era de la política posverdad tal cosa no parece criticable. “Sería como criticar a un actor por decir cosas falsas”. Neerzan Zimmerman, que trabajó en ‘Gawker’ como especialista en tráfico rápido de historias virales” (el nombre de su profesión ya es significativo), afirma: “Hoy día no es importante que la historia sea real. Lo único importante es que la gente haga clic sobre ella. Los hechos están superados. Es una reliquia de la edad de la prensa escrita, cuando los lectores no podían elegir”. Tim Harris, experto que trabajó en Apple, Wikia, Apture y Google, escribe: “Puedo ejercer control sobre mis dispositivos digitales, pero no puedo olvidar que al otro lado de la pantalla hay un millar de personas cuyo trabajo es acabar con cualquier asomo de responsabilidad que me quede”. Un influyente personaje en este mundo tecno es B. J. Fogg, fundador del “Persuasive Tech Lab” de la Universidad de Stanford, que ha inventado la “captologia”, la ciencia de la persuasión a través de ordenadores. El título de su obra más conocida es revelador: Tecnologías persuasivas: usar ordenadores para cambiar lo que pensamos y hacemos. También lo es el de otro experto, Nir Eyal: Enganchados: como diseñar productos para crear hábitos, o el de la empresa del seudocientífico Ramsay Brown, “Dopamine Lab”. Sus objetivos están claros: conseguir que cualquier aplicación alcance rápidamente el mismo poder adictivo que Facebook, Zynga y otros han conseguido gastando millones. En su página web anuncian: “Nuestra tecnología predice y troquela la conducta humana. Usamos la neurociencia y la inteligencia artificial para personalizar su aplicación para cada usuario”. Que se pueda hacer este tipo de publicidad es síntoma de la situación.

Deberíamos emprender una campaña de “afirmación de la posibilidad de conocer la verdad”.

​​Nada de esto parece importarnos. Eso es fruto del síndrome de inmunodeficiencia social. Afecta al debate político porque la ideología de los partidos les impide ejercer una labor crítica. Numerosas investigaciones realizadas en los últimos veinte años sobre el “politically motivated reasoning”, muestran que las ideologías políticas utilizan el razonamiento para fundamentar sus posiciones, no para intentar alcanzar un conocimiento verdadero. Primero se toma posición, y luego se intenta justificarla. La defensa de la propia identidad impulsa a admitir solo los razonamientos que la fortalecen. “La política nos hace estúpidos”, es la conclusión que saca Ezra Klei, al comentar los estudios de Dan Kahan, de la Universidad de Yale (Lei, E. “How politics makes us stupid”; Kahan, D.M.: “Ideology, motivated reasoning, and cognitive reflection”). Kahan ha mostrado que una mayor oferta informativa no mejora la situación, porque el filtro ideológico solo permite tener en cuenta la información que corrobora el prejuicio. ​​Aceptar que eso sea un mal endémico de la política, también es efecto del Síndrome de inmunodeficiencia social. Si es inevitable, ¿para qué voy a intentar evitarlo? Creo que como antídoto contra esta enfermedad deberíamos emprender una campaña de “afirmación de la posibilidad de conocer la verdad”. Debería formar parte del programa de ese ideal Partido de Centro que defiendo, lo que de paso le comprometería a someter a reflexión crítica todas las propuestas, propias y ajenas, y a ejercer la pedagogía necesaria respecto de la sociedad civil. Porque cualquier cambio es imposible si la sociedad en general no toma en serio la necesidad de curarse del Síndrome de inmunodeficiencia social que padecemos.


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