PANÓPTICO

El panóptico

La esperanza política


La esperanza política.- Un juez ha condenado a un maltratador que llevó a su víctima a “perder la esperanza”. Aunque podría incluirse en los “daños morales”, me parece importante la identificación. Me sirve, además, para preguntarme si nuestros políticos no están haciendo también “perder la esperanza” a los ciudadanos. Tema importante. Esperanza es la creencia firme de que la cosas pueden mejorar. Es una de las grandes movilizadoras de la acción. Cuando desaparece es fácil deslizarse por un tobogán destructivo: desánimo, depresión, inacción. La situación política ha sustituido la esperanza por la espera. Esta es una situación de pasividad con frecuencia resignada. Se espera lo que se desea, como se espera el tren. Quietos. El fin de la política es gestionar el futuro. Un verdadero líder debe saber despertar las energías dormidas. La historia indica, sin embargo, que no toda esperanza es buena. El siglo XX sufrió dos grandes movilizaciones utópicas: la nazi y la marxista. Buen político es el que sabe despertar buenas esperanzas.

El artículo inicial de este Panóptico se publicó en EL MUNDO el día 18 de octubre de 2020.


EL PANÓPTICO 7


 

Ilustración: Marcus Carús

La esperanza política. – ¿Qué es la “esperanza política”? Es la creencia que tienen los ciudadanos de que la política servirá para conseguir la “felicidad pública”, de la que ya he hablado en el Panóptico. Desde él veo los altibajos de la esperanza política. Ha habido periodos históricos esperanzados y desesperanzados. Todas las grandes religiones se han basado en la esperanza. La Cristiandad fue movilizada por la esperanza en el Reino de Dios. Roma fundó su política en la fides, la seguridad de que cumplía sus compromisos. Las promesas son un modo de asegurar el futuro, es decir, de alentar la esperanza. El pueblo de Israel vivía de la esperanza de que Dios cumpliría su promesa, su alianza. La política que describe Maquiavelo es distinta: no hay que fiarse del político ni de sus promesas. La Revolución francesa fue la apoteosis de la esperanza: un nuevo mundo aparecía. El siglo XIX vivió la esperanza en el progreso humano, con la misma ingenuidad con la que en la actualidad vivimos la esperanza del solucionismo tecnológico (Mozorov). La tecnología lo arreglara todo. El nazismo fue una esperanza política que movilizó a los alemanes para conseguir el Reich de los mil años. El marxismo era un pensamiento utópico que llenó de esperanza a cientos de millones de personas. Tras la Segunda Guerra Mundial, Constantin Gheorghiu escribió una novela de gran éxito La hora veinticinco, la hora en que ni un dios podría salvarnos. En Europa se instaló una desesperación existencial. «Lo único que he pedido a la generación a que pertenezco es ponerse a la altura de su desesperación”, escribió Albert Camus, que sin embargo era un optimista. Acabo de releer el libro de Irenäus Eibl-Eibesfeldt, un gran antropólogo alemán, que todavía se quejaba en 1994 de que el pueblo alemán vivía en un estado de autodesprecio, por el recuerdo de los horrores de la política nazi. Sólo el marxismo, pensamiento esencialmente utópico, mantuvo la esperanza. Fue un marxista, Ernest Bloch quien escribió un libro fundamental sobre el tema: El principio esperanza. Pero el fracaso del marxismo hundió el pensamiento utópico. La postmodernidad ha visto “el final de los grandes proyectos” (Fischer), el “agotamiento de la energía utópica” (Habermas). En Estados Unidos nunca desapareció porque desde su origen fue una nación volcada hacia el futuro, optimista, mientras que Europa ha sido siempre proclive al pesimismo. Seligman ha demostrado, analizando los discursos de los candidatos a la presidencia americana, que triunfa aquel que ha incluido más constantemente la esperanza en sus discursos. Aun así, como la humanidad parece no poder vivir sin la esperanza, en los años sesenta apareció un gran interés por el tema, relacionado no solo con el pensamiento “progresista”, sino también con la teología católica, que vivió un momento de esplendor. En España, una prueba fue el libro de Laín Entralgo La espera y la esperanza. En este momento, las grandes migraciones son fruto de la falta de esperanza política en sus naciones, y de una utópica esperanza en los países ricos. El atractivo que tiene en política -como muy bien saben los expertos en marketing electoral- cualquier apelación al “cambio” deriva de su capacidad de despertar esperanzas. Eso les asemeja a los libros de autoayuda.

Esta es la historia, pero desde el Panóptico nos interesa saber qué podemos aprender de ella. Eso nos obliga a analizar mejor el complejo mapa de relaciones de la esperanza individual, que después podremos aplicar a la esperanza política.

Desde el punto de vista individual, la esperanza pertenece a la propia estructura de la acción humana. Cuando actuamos consciente y voluntariamente lo hacemos para alcanzar un fin, para realizar un proyecto. Necesitamos confiar en que nuestra acción puede alcanzar sus objetivos, de lo contrario, no nos moveremos. Martin Seligman comprobó que una persona puede perder esa confianza si la situación o la presión social le hacen pensar que es incapaz de controlar la realidad. Aparece lo que denominó helpleness, la impotencia aprendida. Y esa condición conduce, dice Seligman, a no enfrentarse con los problemas, a una actitud de retirada, a la depresión. Este fenómeno individual puede generalizarse, y en ese caso aparece la depresión y la desesperanza política. El ciudadano no puede hacer nada para controlar su futuro. En una antigua investigación para aclarar por qué en la zona sur de Madrid -en aquel momento deprimida económicamente- había más fracaso escolar uno de los motivos descubiertos fue que los alumnos pensaban que no valía la pena estudiar, porque “nada les iba a sacar del hoyo”.

La esperanza tiene un potente efecto motivacional. Goethe la llamó “die edle Treiberin”, la noble impulsora. Anima a emprender un proyecto. Cuando se pierde, la acción se paraliza. El mundo económico se basa también en la esperanza. Toda inversión se inicia con la esperanza de conseguir beneficios, todo préstamo se realiza con la esperanza de recuperarlo. El mismo dinero se basa en la confianza, en la fe de que va a ser aceptado. Por eso se llama “dinero fiduciario”.

La esperanza puede basarse en la confianza en la eficiencia propia y también en la eficiencia ajena. La “confianza social” es uno de los componentes del “capital social”, básico para el buen funcionamiento de las instituciones políticas (Ver el holograma “Contaminación ideológica”). Francis Fukuyama lo ha explicado convincentemente en si libro Confianza. En este momento se ha generalizado una desconfianza en los políticos y en las instituciones. Y eso influye en la falta de esperanza política.

La lengua castellana, que afina mucho en cuestiones afectivas, tiene dos palabras para nombrar la pérdida de esperanza: desesperanza y desesperación. Esta añade una aflicción por una pérdida irreparable. Compare dos expresiones: “Estaba desesperanzada por la tardanza en encontrar a su hijo”. “Estaba desesperada por haber encontrado a su hijo muerto”. En este caso, la pérdida irremediable ya se ha producido. En el ámbito político, los españoles estamos desesperanzados. Eso quiere decir que la esperanza política es recuperable, ¿pero cómo?

La falta de esperanza política anula la energía vivificadora de la sociedad civil y deja el campo libre a la sociedad política. No anula la política, sino que permite que actúe sobre un cuerpo social inerte, desconectado o encerrado en su mundo íntimo.

En primer lugar, reconociendo la necesidad de hacerlo. La falta de esperanza política anula la energía vivificadora de la sociedad civil y deja el campo libre a la sociedad política. No anula la política, sino que permite que actúe sobre un cuerpo social inerte, desconectado o encerrado en su mundo íntimo. La sociedad se hace muy vulnerable ante cualquier intento de manipulación política, porque no tiene fuerza o porque puede sucumbir a la tentación de un “salvador” que la saque del marasmo.

Después de ser conscientes de la necesidad de recuperar la esperanza política, el siguiente paso es que sociedad política recupere la fiabilidad que ha perdido para que los ciudadanos puedan confiar en ella. Gran parte de la “desesperanza política” está causada por el descrédito de las instituciones políticas, es decir, por la falta de confianza en su funcionamiento.

Pero también la sociedad civil tiene tareas que realizar. Ha de colaborar al aumento del “capital social”, mediante su participación, su defensa de los valores compartidos, su pensamiento crítico. Para ello, de acuerdo con lo que he señalado antes, tiene que recuperar la conciencia de su propia eficacia, del poder que tiene la acción individual para alcanzar los fines sociales. Conseguir un gran “capital social” es un factor necesario para el buen funcionamiento de las instituciones, por lo que se establece un círculo virtuoso. El buen ciudadano fomenta el buen funcionamiento de las instituciones que, a su vez, fomenta la aparición de buenos ciudadanos. Lo contrario es el círculo del encanallamiento mutuo.

Queda otro factor más: despertar la motivación. Una de las formas de hacerlo es presentando proyectos grandes, que despierten esa aspiración a la grandeza que tenemos todos, aunque casi siempre oculta. No basta con que sean grandes, sino que deben tener un fuerte componente emocional. Los políticos lo saben. En España se repite: “España tiene que tener un proyecto ilusionante para luchar contra el separatismo”. Pero España no es un agente. No puede hacer nada. Tendrán que ser los políticos o la sociedad civil quienes lo hagan. La lucha por el reconocimiento o los nacionalismos tienen más resonancia emocional.

Desde el Panóptico veo que las grandes utopías han cumplido ese papel motivador. Y también que ha habido algunas destructivas, como el sueño por el Reich milenario nazi o la dictadura alumbrada ideología marxista. También contemplo la aparición de grandes líderes que han movilizado a las masas, en ocasiones con un final trágico. Comparto el miedo expresado por Richard Sennet de que podamos “sentirnos atraídos por figuras fuertes que no creemos que sean legítimas”. Por eso creo que el buen político es el que es capaz de despertar una buena esperanza.

Pero ¿cuál puede ser? ¿Puede haber una utopía aceptable? Sí. La “pública felicidad”. Sobre ella he escrito en estos hologramas, y no es cuestión de repetirlo.

Llega el momento de resumir el mapa de la esperanza. La esperanza está en el centro de un triángulo formado por (1) la confianza en la propia eficiencia, (2) la confianza en los demás, y (3) el poder atractivo de una meta.

La desesperanza política es su reverso: (1) la desconfianza en la propia eficiencia política, (2) la desconfianza en la acción política de los demás, en especial en el comportamiento de la sociedad política y, (3) la ausencia de una meta emocionalmente atractiva. Un objetivo noble y grande como es la Unión Europea no acaba de movilizar a los europeos porque carece de ese componente emocional. Teorías racionalmente brillantes, como la del “patriotismo constitucional”, no han calado en la gente.

La desesperanza política hace vulnerable a la sociedad y limita su capacidad de progreso, por eso es importante revertirla. En el libro VIII de su Política, Aristóteles describe tres situaciones que los tiranos fomentan para mantenerse en el poder. Su vigencia, la posibilidad de aprender de algo tan lejano, es un argumento a favor de la necesidad del Panóptico. Estas son las tres situaciones: (1) el abatimiento moral de sus súbditos. (2) la desconfianza de unos ciudadanos respecto de otros. (3) su falta de recursos. Aristóteles escribe una frase que resume gran parte de lo que he dicho: los buenos ciudadanos tienen fe en sí mismos y confían en los demás, por eso el tirano los persigue. Esas características del “buen ciudadano” forman parte del “capital social” de una comunidad, del cual surge y a la vez del que forma parte inevitablemente la esperanza política.

2 Comments

  • El Rastreador dice:

    Rastreo y cuando veo la historia me vuelvo pesimista.
    Leo en La Vanguardia de hace unos días un artículo titulado “El riesgo de una sociedad sin esperanza. Los profesores Torralba y Armadans analizan el momento crítico de una ciudadanía encogida.
    “No es que no haya un liderazgo político, tampoco lo hay moral o científico. Y el gran problema para una sociedad es la falta de esperanza. La sociedad está en un momento de resignación. Una resignación que conlleva “amargura, encogimiento” y que no significa aceptación. A esta resignación, subraya el profesor, se la añade un cansancio moral y también físico. Sobre todo en algunos colectivos como los sanitarios, educadores o aquellas personas que más están y han estado sufriendo esta crisis. https://www.lavanguardia.com/vivo/psicologia/20201011/483957858763/desesperanza-sociedad-covid-torralba.html

    Fernando Ónega, hace una llamada al razonamiento y la argumentación en las sesiones de control al gobierno. “En los discursos se percibe odio, rencor político. Eso es lo inquietante. ¿Por qué hay ese rencor cuando este país reclama acuerdos y soluciones pactadas? ¿No se les ocurre pensar que ese odio se puede trasladar a la sociedad? Cuando eso sucede, se pone en riesgo la convivencia. Civil y civilizada”.
    https://www.65ymas.com/opinion/fernando-onega-asomo-rencor_15771_102.html

    El compromiso de Donald Trump de “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo” fue construido sobre una serie de elevadas promesas que activaron a sus seguidores y lo ayudaron a asegurar una sorprendente victoria. https://cnnespanol.cnn.com/2016/11/10/5-promesas-que-los-votantes-de-trump-esperan-que-cumpla/
    ¿Esperanza?

  • Paloma835 dice:

    En este momento, aprecio esperanza en que haya acuerdo básico en la lucha frente a la pandemia, y que la ayuda de la UE sirva para paliar el negativo efecto económico.
    Nuestros políticos saben de esta esperanza, aunque juegan a echar la culpa al adversario para sacar rédito de la situación, en lugar de empeñarse en frenar la pandemia lo que sirve, además, para minorar sus efectos económicos negativos, lo que produce lógica desesperanza y descreimiento de la política, en la evidencia de que estamos en una situación excepcional, y ni así ponen voluntad en arrimar el hombre ante esta bomba que nos ha explotado donde llevamos puesta la mascarilla.
    A pesar de ello, la esperanza es más fuerte, porque hace de la necesidad virtud, condiciona la acción de los políticos, saben cuál es nuestra esperanza.

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